Serie: los libros en la nuca

Resultado de imagen de foto pistola nuca

(IV), Los libros en la nuca: mis clásicos

«Tienes que leer a los clásicos», me aconsejaba desde hacía tiempo un cuerpo invisible, como advirtiéndome de tremendos peligros si no lo hacía. «Disfruta con Wilde y Thomas Mann; no ignores a Chéjov», me decía la sombra. Yo, intentando escapar de sus consejos, me tapaba los oídos. Sin embargo, la sombra insistía. «Los latinoamericanos, leer a los grandes escritores sudamericanos es lo más cerca que, en vida, vas a estar a que te descerrajen la sien a balazos», así me animaba la voz misteriosa. ¿La sien atravesada de lado a lado por una bala hueca? No parecía una experiencia agradable, pero me lancé a los clásicos. Y sumergirme en ellos, quedarme flotando en la calma de las letras consagradas, fue la mejor decisión que pude tomar.

Vivía en el norte de Madrid, cerca de la estación de trenes de Chamartín. Compartía piso con Julen y Martín, dos amigos de San Sebastián. Esta vez la habitación con la cama grande fue para mí, y ¡qué gusto!  Cerca, a veinte minutos en autobús, estaba la librería Alcaná Libros, en la calle Bravo Murillo, esquina calle Marqués de Viana. Alcaná Libros es una librería de segunda mano con un repositorio enorme, donde puedes encontrar auténticas joyas de colección. En ocasiones compraba alguna rareza, pero siempre acababa llevándome un clásico, o iba Carmen y lo hacía ella por mí.

Llené mi habitación de libros comprados en Alcaná. Leí El retrato de Dorian Gray y me vi reflejado en sus páginas, cuando en el espejo veía como los pecados cometidos afeaban mi rostro, lo empalidecían. También leí La decadencia de la mentira, un libro con un título premonitorio, donde el autor inglés sostiene que el Arte influye en la Naturaleza. Es un argumento difícil de compartir, pero se agradece el esfuerzo de Wilde. Ahora me preparo para leer De profundis, sin saber si seré capaz de soportar la tristeza infinita de unas letras que como un grito rompen los barrotes de la celda. Ay, Wilde, tú que ya conocías tu destino de antemano y que dejaste en el prólogo de El retrato: «un libro no es, en modo alguno, moral o inmoral. Los libros están bien o mal escritos. Esto es todo».

Leí La Muerte en Venecia del tirón, nervioso ante los exámenes. No recuerdo bien el argumento del libro, sólo me quedó grabada la fascinación que Aschenbach, un hombre viejo, siente por la figura esbelta, blanca y floreciente de Tadrio. Al poco tiempo de leer Muerte en Venecia vi en la estantería de Carlos Barragán La montaña mágica, y deseoso de leer al menos las primera páginas me metí con el libro al cuarto de baño. Allí robé a Carlos la propiedad de ese libro, al menos la propiedad imaginaria, porque un libro es ante todo la fascinación que se siente por él.

La moda llega incluso a la literatura. No me refiero a la literatura que dura el tiempo que dura la promoción del libro, me refiero, de nuevo, a los clásicos. Anton Chéjov ha estado de moda. En todas las librerías se anunciaba la definitiva recopilación de sus relatos. A mí Chejov me sonaba a Gorki, de quien compré un libro en Moyano que no terminé. Sin embargo, Chéjov es monumental, sus personajes enloquecidos son monumentales, y está, como diría el propio Chéjov, a muchísimas vestas de distancia de cualquier otro escritor ruso de cuentos. Ahora que repaso el índice del libro, confundo un relato titulado Del amor con La sonata a Kreutzer de Tolstoi, libro que compré en una librería cercana a la Catedral de Toledo. En ambos textos, los celos acaban ensangrentando los pianos.

Hace poco viajé a Coruña, fui a visitar a Carmen. Antes de coger el autobús compré Pedro Páramo, de Juan Rulfo. Lo empecé y lo acabé en el trayecto de ida, y ese libro despertó en mí el miedo de que al llegar a Coruña todos estuviesen muertos, quiero decir, todos fuesen muertos que viven y que hablan a través de las paredes. No fue así: en Coruña me esperaba ella, con sus ojos azulísimos y sus ganas desbordantes. Coruña no era Comala.

De Pedro Páramo pasé a El llano en llamas, y ahí sigue esperando el libro, en la parte de narativas hispánicas de mi estantería. ¿Por qué dejó de escribir Juan Rulfo? ¿Por qué no nos legó una obra más amplia, y solo escribió dos libritos? Estas preguntas se hace Enrique Vila-Matas. En su libro Bartleby y compañía define a Rulfo como uno de los casos paradigmáticos de los Escritores del No, aquellos que súbitamente dejaron de escribir. ¿Por qué dejó de escribir Rulfo? El autor jalisciense comentó en un congreso que la causa de su parálisis literaria se encuentra en la muerte de su tío Celerino, quien le contaba las historias que luego Rulfo convertía en novelas.

Seguí con los latinoamericanos y llegué a Crónica de una muerte anunciada, del Gabo. Los hermanos Vicario, los despiadados hermanos Vicario, acaban con la vida de Santiago Nasar acuchillándole en la puerta de su casa. La brutalidad con la que mataron a Santiago Nasar, recordar como recoge sus propias vísceras y las limpia de arena mientras sube las escaleras de su casa, a punto de morir, me acompañó durante un tiempo. Hoy puedo volver al libro sin estremecerme, «sin sentir borboritar las lágrimas dentro del corazón», que diría García Márquez. Dejé sin terminar El coronel no tiene quien le escriba, la segunda vez que sin éxito lo intentaba leer. La primera estaba yo esperando a que empezase una conferencia, en el auditorio de la universidad. El libro me aburrió y lo dejé. Lo compré en una ONG, en Getafe, donde venden libros a un euro. Aún lo conservo, y espero paciente el momento adecuado para leerlo.

Carlos Barragán recomendó a Carmen La uruguaya de Pedro Mairal, un autor que él había entrevistado recientemente para un proyecto literario en el que anda involucrado. Carmen no leyó el libro, así que se lo pedí, me lo prestó y lo leí. Pasar de la literatura clásica a la literatura contemporánea hizo que me divirtiese con un texto más sofisticado, que jugase con el libro. Pedro Mairal, quien también toca el ukelele, es un narrador de historias excepcional, con un gusto muy fino, y que me transportó a un pasado no muy lejano, un pasado de chicas con tatuajes, vestidos de lino, una mujer rubia y uruguaya que conoció en un festival de literatura.

Podría hablar de muchos otros libros. Siete años en el Tibet de Henrich Harrer, que me recomendó Julen. Leyre me recomendó Las cenizas de Ángela, que abandoné a la mitad. Carmen me recomendó Siddharta, libro que un día se encontró por la facultad un amigo de la infancia. Podría hablaros de Cómo me convertí en un estúpido, libro divertidísimo que compré en Ábaco, en la calle Raimundo Fernández Villaverde. Incluso podría escribir sobre Voltaire y Shakespeare. No lo voy a hacer, temo aburriros. Me conformo con echar la vista atrás y observar que mi vida se ha trenzado a la perfección con mis lecturas, y eso se agradece.


Resultado de imagen de foto pistola nuca

(III), Los libros en la nuca: Cornelia, madre de los Gracos

El verano anterior viví a caballo entre un piso en la calle Delicias, por la zona de Atocha, y un piso en la calle Almansa, perpendicular a la calle Bravo Murillo a la altura de la Glorieta de Cuatro Caminos. En cualquier sitio tengo un bar favorito, los tengo en Toledo y, por supuesto, los tengo en Madrid. Sin embargo, resulta gracioso que en Toledo prefiera los bares chic a los de batalla, y en Madrid prefiera todo lo contrario. En Delicias me sentaba en la terraza de Bodegas Rosell, pedía un vermú o un café y me ponía a leer. Lo mismo hacía en Bravo Murillo, mejor dicho, en el Bar Rubí de Bravo Murillo: el rubí, como me gustaba llamarlo.

Volviendo a estos recuerdos, todos empañados en una nebulosa fruto de mi incansable capacidad para salir-a-tomar-algo – ¡así empiezan las mejores historias! – me he visto parado en muchas terrazas, leyendo un libro y anotando en un cuaderno. Qué leía yo por entonces, me he preguntado. He echado un vistazo a la estantería, y justo ahí los he encontrado, al lado de los libros multicolor de Anagrama: leía historia de Roma.

Empecé a interesarme por la historia de Roma muy tarde, quizá hace dos años. En la universidad, la lectura de textos de Cicerón me había despertado cierto interés y curiosidad; y un día que  fui a la FNAC con mi amigo Santiago compré los dos libros que Asimov dedica a la historia de Roma. Aquellos dos libros facilitaron el posterior estudio y el ya más que sembrado interés. Más tarde, leí algunos episodios de las Vidas Paralelas de Plutarco, especialmente los de Alejandro Magno – Julio Cesar, Demóstenes – Cicerón; y Nicias – Marco Craso. De este último, me impactó como su avaricia – para quienes no lo sepan Craso fue uno de los hombres más ricos de Roma – despertó la envidia de quienes le rodeaban, los mismos que decidieron darle muerte vertiendo sobre su garganta oro fundido.

Leí hace un par de días la vida de Alejandro Magno. Pronto, en las primeras páginas, se cuenta una de mis historias favoritas: Filipo rechaza un caballo por su carácter difícil e intratable. Alejandro Magno, sin embargo, observa en este caballo buenas cualidades, por lo que se acerca a él y consigue con destreza dominarlo. Ocurría que el caballo temía a su propia sombra y Alejandro Magno sólo hubo que volverlo hacia el Sol para amansarlo. Cuando Filipo se vio superado por su hijo dijo: « ¡Hijo mío, tendrás que buscar un reino digno de ti, porque Macedonia es demasiado pequeña!»

Otro de los libros que con más cariño recuerdo son las tragedias romanas de Shakespeare. Me veo en el tren, de camino al trabajo, maldiciendo a los conjurados contra César o divirtiéndome con las malas decisiones de Marco Antonio. Debo reconocer que robé las tragedias al casero del piso de Delicias: él era un director de teatro y su mayor éxito había sido adaptar El Quijote al teatro de marionetas. Fausto (el casero tenía la casa llena de libros y eso me conquistó. Nuestra relación no acabó bien. Al irme metí en la maleta las tragedias romanas, Luces de bohemia y Un hombre, de Oriana Fallaci. Siempre hay una bonita historia que contar.

Carlos Barragán se fue a París y luego a Londres: siempre estaba de viaje. Antes de despedirnos, compartimos libros. Él me dejó S.P.Q.R. de Mary Beard, quien justo ese año había recibido el premio Princesa de Asturias de las Humanidades. Yo le dejé Rayuela, de Julio Cortázar. Él escondió una fotografía tipo pasaporte entre las páginas de mi libro, y yo le devolví el suyo subrayado.

Al modo de la magdalena de Proust, esta tercera parte de Los libros en la nuca ha despertado en mi mente como un recuerdo involuntario. He visto una foto que me sacó, sin que yo lo supiera, mi pareja en el Rubí. En la foto, apoyado sobre la mesa de metal, salgo bebiendo agua, algo que a ambos por entonces nos parecía muy raro, y que debió ser el motivo para inmortalizar el momento. Y a partir de esa foto he ido recordando amigos y lugares, pero, sobre todo, he recordado libros. Y aquí os he dejado el testimonio.


Resultado de imagen de foto pistola nuca

(II), Los libros en la nuca: el salón de “el patillas”

Lo que sigue es el resultado de un encuentro con mi profesor de latín, que me invitó a su casa para tomar unas cervezas y, de paso, hablar sobre música y libros. Yo le seguía en Twitter, red social que utilizaba como plataforma cuando escribía en una revista de jóvenes promesas, y él me seguía a mí. Publiqué una foto de Patti Smith y Robert Mapplelthorpe porque entonces estaba enfrascado en la lectura de Éramos unos niños, libro que he releído y regalado varias veces. A mi profesor, a quien llamaremos “el patillas”, le hizo gracia la foto, me envió un mensaje privado y nos intercambiamos los teléfonos. Me propuso vernos un día, yo acepté sin dudarlo y, como he dicho, lo que contaré a partir de ahora es una sucesión de bonitas casualidades que se han ido entrelazando como se deshilacha un ovillo o como se desmadeja un sueño.

“El patillas” vivía en el centro de Toledo, en una casa con vistas al Alcázar. Recuerdo que el salón estaba repleto de discos y libros. Al despedirnos me regaló Tarántula de Bob Dylan. En varias ocasiones he intentado leer el libro, siempre cerrándolo al poco tiempo de empezar. La mala traducción o, quizá, el ejercicio presuntuoso de ir tras la pista de Rimbaud me aburrían. Y hoy cuando lo he vuelto a leer me ha pasado lo mismo. En definitiva, lo mejor que me dejó ese encuentro con “el patillas”, con quien me fui de fiesta en los viajes de fin de curso, fueron los libros que ahora recuerdo.

Ese mismo verano en el que yo me cité con “el patillas” encontré unas prácticas bien remuneradas. El dinero que ahorraba lo gastaba en libros. Compré Born to run de Bruce Springsteen, en una de las muchas librerías Toga que hay en Madrid. Me sorprendió la lucidez de Bruce Springsteen a la hora recordar momentos tan lejanos, y me divertí con las anécdotas de Steve van Zandt. El buen poso que me dejó este libro me animó a seguir comprando autobiografías. Compré Crónicas de Dylan, y un pasaje se me ha quedado grabado a fuego en la memoria. Resultaría tedioso y aburrido reproducirlo en su integridad, y me basta con citar una frase que resume la esencia del de Minnesota: «me sentía más vaquero que Flautista de Hamelín», frase con la que Bob Dylan deja claro que se prefiere con una guitarra eléctrica y con los ojos pintados. Esta frase la comenté con uno de mis mejores amigos de la universidad, Mauro, y tiempo después me la recordó él a mí. Entre las páginas de Crónicas he encontrado una nota de mi abuelo, que cogí de un mueble de la cocina poco después de que muriese.

Compré también Really the blues de Mezz Mezzrow, un clarinetista frustrado que acabó vendiendo marihuana en Harlem para poder pagarse su adicción al opio. Hoy en día, mezz es grifa en la jerga del barrio negro de Nueva York. Really the blues enseñó al mundo que existía una cultura alternativa, mucho más original y sofisticada que la de los hogares tradicionales de Estados Unidos. La raza negra, el jazz, Nueva Orleans, todos ellos estaban a punto de explotar, y el testimonio de Mezzrow es de un valor incomparable.

Durante mucho tiempo me empapé de cultura musical, solo leía sobre músicos y bandas. Compré las memorias de Morrissey, mientras esperaba a un amigo en la librería de la Universidad de Warwick, Reino Unido. Disfruté con el cantante de The Smiths y muchas de sus canciones me han acompañado en los momentos de mayor vértigo. Cuando me dejó E. escuché Please let me get what I want (“Good time for a change”, empieza diciendo la canción).

La chica de la que os hablo, la que me dejó escuchando The Smiths, me regaló Vida de Keith Richards. Vida es un testimonio apasionante que empieza recordando cómo se conocieron Keith y Mick Jagger, una casualidad tan simple como llevar un vinilo de Muddy Waters: así nació la mejor banda de rock and roll de todos los tiempos. La muerte de Brian Jones, el duelo amoroso entre éste y Keith por Anita Pallenberg, las disputas dentro de la banda, y el recuerdo de su abuelo Gus, quien prestó su guitarra solo al precio de que aprendiese a tocar “La malagueña”.

Leí la biografía de Serge Gainsbourg escrita por Felipe Cabrerizo, y si no me falla la memoria la leí tumbado en el césped de la piscina. Hace poco me encontré con Felipe Cabrerizo en Malasaña. Eres Felipe Cabrerizo, le dije. Sí, aquí me tienes, me respondió. Tío, gracias por las biografías, seguí diciéndole. Él me despidió dándome la mano. Yo continué caminando feliz, subiendo la calle, maldiciendo no haber dicho frases más adecuadas. Gainsbourg es un personaje entrañable que desarmó la chanson  francesa y alarmó a propios y a extraños. Sin lugar a dudas la mejor actitud ante la vida es comportarse como un auténtico gainsbarre.

Sin embargo, quien mejor ha ensamblado la música con la literatura, superando al mismo Jim Morrison, es Patti Smith. Empecé el artículo con Éramos unos niños y lo quiero terminar recordando otros tres libros que me han transportado a mundo fantásticos: Tejiendo sueños con los recolectores de lana, M Train en el Café Inno, y Devoción en el Café de Flore, o frente al manuscrito original de El extranjero de Camus. Patti Smith es un caleidoscopio, todo en ella se refleja con brillantez, y en ella habitan miles de aventuras. Me imagino a Patti Smith recogiendo arena de la Guayana francesa para llevarla a la tumba de Genet, o encontrando en una cabina telefónica el dinero suficiente para coger el autobús que la deje, de una vez para siempre, en Nueva York. Patti Smith es enorme, delicada, sensible, es una mujer convertida en mil mujeres, o, quizá, sea solamente una niña que observa su pasado en el reflejo de las canicas, o en la cajita donde de pequeña guardaba sus baratijas, o, por qué no, en el reflejo de la ventana, desde donde veía jugar a sus hermanos cuando ella, enferma, tenía que quedarse en la cama.

La música y la literatura unidas en los caminos inconformistas de los aventureros.


Resultado de imagen de foto pistola nuca

(I), Los libros en la nuca: sueños de adolescencia

Cuando llegué a Madrid, mis padres alquilaron una habitación de estudiantes, la única habitación con balcón de un piso que compartía con Esteban, un costarricense que se dedicaba a la promoción de eventos, y con Felipe, un profesor universitario que había tenido que huir de Venezuela. Recuerdo aquel cuarto con nostalgia. Al principio no lo decoré, no puse una parte de mí ni en las estanterías ni en los cajones, únicamente apilé los libros donde fuese que estos cayesen. Suponía que los libros acabarían dando personalidad a las cuatro paredes entre las que yo hacía todo, por donde pasaban mis mejores amigos. Años más tarde, cambiaría el escritorio, que decoraría con flores y con un flexo más bien minimalista. Cambiaría el color de las sábanas y cubriría el suelo con alfombras. Colgaría cuadros de las paredes y empezaría a dar cierto sentido a mi biblioteca personal. Sin embargo, nada de esto tiene importancia. Al menos, de momento.

El mismo verano que la universidad me abrió sus puertas tuve la certeza de que más allá de completar unos estudios reglados, era indispensable ir construyendo una personalidad original a base de las lecturas más variadas. Digo lecturas porque ninguna otra cosa me interesaba: el cine me aburría. Yo por entonces no sabía que cinco años después, la chica que es actualmente mi pareja, me diría: “eres el protagonista de todas mis novelas. Odias el cine como Holden Caufield”.

Ese verano del año 2013 cayeron sobre mis manos muchos libros: La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa, libro que algunos profesores nombraron durante la carrera, al ser uno de los testimonios más veraces acerca de la personalidad de un líder: el Comandante Trujillo. Leí Rayuela de Julio Cortázar, libro que no entendí, que luego desapareció y volví a encontrar, y que ahora que lo repaso me pregunto por qué subrayé tal o cual frase (“mientras señoras conmovidas mostraban a su prole tan elocuente ejemplo de evolución darwiniana”, y en el margen, como apunte propio: ¿alguna forma mejor para definir a las abuelas?) Compré Rayuela en Garabato, la librería de mi barrio, y La fiesta del Chivo me lo dejó mi vecina Gema. De Cortázar y de Vargas Llosa también leí Historias de cronopios y de famas y Los jefes – Los cachorros pero lamentablemente apenas recuerdo nada de estos libros. La costumbre de anotar en la primera página el día exacto en que termino cada libro documenta que los leí en mayo de 2013.

El verano siguiente, el de 2014, viajé a El Sauzal, Tenerife, donde me esperaba P., mi primera novia. En la librería del pueblo compré Relato de un náufrago de Gabriel García Márquez, y en el Relay del Aeropuerto la Rolling Stone. Repaso el libro del Gabo y en su primera página encuentro una dedicatoria. Prefiero mantener el secreto alrededor de la nota. Sin embargo, volver a leer aquellas líneas de amor ha abierto un agujero negro de recuerdos del que prefiero salir.

Otro de los sucesos inolvidables de estos primeros años de universidad, suceso que a diferencia de los anteriores no puedo situar con exactitud en el tiempo, fue cuando mi padre me regaló En el camino, la edición del rollo mecanografiado original publicada por Anagrama. Con ese gesto, sin saberlo, mi padre me enseñó el mundo de la literatura beatnik y a sus tres grandes profetas: Kerouac, Ginsberg y Burroughs. De la obra principal de aquella generación salté a El almuerzo desnudo, y de ahí a Aullido. Seguí leyendo, entre ellos, a Gregory Corso, pareja de Ginsberg, y la autobiografía de Neal Cassady, El primer tercio. De Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques, obra escrita a cuatro manos entre Kerouac y Burroughs, solamente decir que espero que la chica que con discreción me lo robó, aún lo conserve en su estantería, justo donde lo tenía cuando yo era un habitual en su vida: entre Cuatro amigos de Trueba y Crimen y Castigo de Dostoievski. De la generación beat hablaré más adelante, cuando Rolling Thunder estalle de la mano de Sam Shepard.

Al ojear las páginas de En el camino aparece una foto tipo Polaroid que olvidó Iraya entre las páginas de mi libro, como quien olvida las coordenadas exactas de un tesoro. En la foto: una mujer mayor bebiendo café, dos amigos abrazados y una hoja de laurel.

Otro de los autores que leí compulsivamente fue a George Orwell, a quien yo entonces conocía por su nombre real: Eric Arthur Blair. Hasta esos límites llegaba mi entusiasmo, como quien conoce a Bob Dylan por Robert Allen Zimmerman. 1984Rebelión en la granja y Homenaje a Cataluña. Al sacar 1984 de la estantería, relaciono ese libro con otro. Pienso, dando a pasos forzados marchas hacia atrás, y me veo en la facultad, esperando a la misma chica de Tenerife, que me regala dos libros y un disco: uno de ellos es 1984 y el otro El príncipe de Maquiavelo comentado por Napoleón; el disco es The Freewheelin´  de Bob Dylan. De nuevo me encuentro con una dedicatoria que, esta vez, prefiero no leer.

Estos primeros años que me esfuerzo en recordar, momento en el que me arrepiento de no llevar un diario personal, han vuelto a mí como un pasado incrustado en libros. Los libros consiguen con mayor exactitud devolvernos a un tiempo remoto, en este caso hace seis años, cuando yo apenas tenía conciencia de lo que sería o lo que acabaría leyendo. Leí muchos otros libros: La perla de Steinbeck, Mientras agonizo de Faulkner o Un mundo feliz de Huxley. Algunos me gustaron y otros acabaron incluso sentenciando a su autor, algunos he releído y he entendido mejor. Yo he crecido con mis libros, quizá crecí tarde, y este es mi humilde agradecimiento.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s