Semblanzas

(III), Antón Chéjov

Antón Chéjov nació el 17 de enero de 1860 en la provincia rusa de Taganrog, a orillas del mar de Azov. Taganrog había sido hasta mediados del siglo XIX un núcleo de problación comercial y próspera. Sin embargo, diferentes acontecimientos provocaron que para el nacimiento de Chéjov la ciudad fuese un arrabal sucio y somnoliento. El propio autor la recordó en sus escritos como una ciudad triste, oscura e insalubre, donde las condiciones de habitabilidad eran mínimas.

Pável Egórovich, el padre de Chéjov, trabajó de contable hasta que, habiendo ahorrado lo suficiente,  montó el negocio de sus sueños: una tienda de ultramarinos. La tienda no prosperó nunca y el fracaso exacerbó la personalidad tiránica de Pável. Los biógrafos de Chéjov convienen en señalar los rasgos despóticos y avaros del padre, que profesaba la religión católica con verdadera devoción y que, como saliéndose del guion, manifestaba cierto amor por el arte. Su madre, Yevguéniya Yákovlevna, era una mujer callada y apática, devorada por la angustia del dinero; no en la manera obsesiva en que lo sufría su marido, en cambio como una sombra acechante que se acercaba por la espalda. La sucesión de embarazos, hasta seis en diez años, hizo de ella una mujer físicamente desgastada, sin fuerzas para ayudar en la educación de sus hijos.

María, la hermana pequeña de Chéjov y única hija del matrimonio, fue fundamental en la vida del escritor. Acompañó a Chéjov en todo momento y mantuvieron una relación rayana en el incesto. En más de una ocasión fue pretendida por hombres de alta alcurnia a quienes negó su corazón para satisfacer a su hermano. Cuando el 25 de mayo de 1901 Chéjov se casó con Olga Knipper, María le escribió: «me siento más sola que nunca. Soy muy infeliz, estoy deprimida… Solo quiero verte a ti, a ti y a nadie más». María había confiado en la soltería de su hermano, a quien nunca interesaron las mujeres, como si juntos no necesitasen a nadie más. En cambio, Olga Knipper conquistó a Chéjov y fue ella quien lo cuidó sus últimos días de vida en un pueblito de la selva negra alemana

Pronto supo el pequeño Antón que quería ser médico, afán que vio fortalecido tras el traumático episodio de peritonitis que sufrió de adolescente. La maltrecha economía familiar no podía permitirse un desembolso tal como para que el niño estudiase medicina, así que Antón tuvo que esforzarse mucho hasta conseguir una beca. Con diecinueves años marchó a Moscú y se matriculó en la Facultad de Medicina de la ciudad. Allí participó en asambleas revolucionarias. Durante los años de universidad, Chéjov escribió algunos cuentos que al principio fueron rechazados pero que más tarde se publicaron en la revista La libélula. Le pagaban la línea a cinco kopeks y debía tener presente la necesidad de ser breve y de pasar el filtro del censor. Tras romper con la revista La libélula publicó sus cuentos en El despertador y El espectador, donde le pagaron un poco más. Sin embargo, el verdadero salto fue conocer al editor Leikin gracias al favor de un poeta amigo. En la revista de Leikin, La astilla, Chéjov mostró un estilo aún embrionario y abocetó los personajes locos a la vez que cómicos que en su madurez protagonizarían las obras por las que hoy le conocemos.

En el año 1884 reunió todos sus cuentos y los publicó bajo el título “Cuentos de Melpómene”. El éxito fue nulo. Es revelador el testimonio de su hermano mayor Alexandr, encargado de la distribución del libro: «Rusia oirá hablar de ti, Antosha. Muérete pronto, y te llorarán también al otro lado del océano. Tu gloria crecerá. Entretanto, la gente compra tu libro muy a regañadientes.» A la decepcionante acogida del libro le siguió el graduado en Medicina. Chéjov cumplió su sueño con veinticuatro años. Ese mismo año, el escritor sufrió el primer síntoma de la tuberculosis que años después acabaría con su vida. Disculpó los esputos de sangre diciendo a sus compañeros que se había roto una venita de la garganta.

Chéjov viajó en 1885 a San Petersburgo invitado por Leikin. Allí conoció al editor de la revista Tiempo Nuevo, Alexéi Suvorin, quien fue durante mucho tiempo su principal amigo y confidente. Suvorin quería que Chéjov publicase en su revista y le hizo una propuesta irrechazable. Así fue como Antón Chéjov se hizo un hueco entre las letras rusas; más aún cuando en 1886 un cazatalentos de nombre Grigórovich le encumbró. No era un padrino cualquiera: cuarenta años atrás había descubierto antes que nadie la prosa de Fédor Dostoievski. Subido en la ola de la buena suerte volvió a recopilar sus mejores cuentos y los publicó bajo el título “Cuentos variopintos”. De nuevo, la acogida fue nefasta y un crítico llegó a decir de ellos que eran delirio de un demente.

Sin cejar en su empeño, Suvorin propuso a Chéjov la recopilación de cuentos “En el crepúsculo”, que no fue un éxito de ventas pero que fue acogida con distinguidas palabras. El escritor se fue ganando el respeto de la crítica, que se consolidó cuando en el año 1888 la Academia de las Ciencias de San Petersburgo le concedió el premio Pushkin.

Antón Chéjov mantuvo hasta el año 1888 colaboraciones con revistas donde escribió cuentos cómicos y breves. Además, sus incursiones en el teatro apenas tuvieron éxito. De hecho, la relación del escritor ruso con el teatro fue siempre de desconfianza, pues los que él consideraba que eran los mejores dramas eran recibidos con indiferencia entre el público.

Ante una existencia sin sobresaltos ni aventuras, Chéjov decidió viajar a Siberia, a la isla de Sajalín, para redactar un informe sobre las condiciones en las que malvivían los presos. Las cárceles y los trabajos forzados horrorizaron al escritor, que publicó por entregas el informe dos años más tarde en la revista Pensamiento Ruso. Definió la isla de Sajalín como un sitio infernal donde imperaban los abusos y la crueldad. En Pensamiento Ruso también publicó el cuento “El pabellón nº 6”, su cuento más famoso, en el que el director de un manicomio entabla amistad con uno de sus pacientes y acaba enfermo de manía persecutoria.

Chejov y Tolstoi
Antón Chéjov y Lev Tolstoi

Cuando Tolstoi leyó el cuento “El monje negro” exclamó «¡qué hermoso es!». A partir de 1884 mantuvieron una relación de sinceridad y admiración mutua. Al año siguiente, Chéjov le visitó en su casa de Yásnaia Poliana. Por estas reuniones también aparecía Gorki. De hecho, hay una anécdota, extraída de los diarios de Gorki, en la que Tolstoi, en referencia a Chéjov, que paseaba por el jardín con la hija más pequeña de aquél, dice a Gorki: « ¡Ah, qué hombre tan entrañable, qué excelente! ¡Modesto y tranquilo como una jovencita! Y camina como una jovencita. Es prodigioso.» La admiración de Tolstoi por Chéjov era total. Mantenían largas conversaciones sobre literatura y el sentido de la vida. En uno de aquellos interminables diálogos, le dijo: «estoy viejo y tal vez ya no consiga entender la literatura de ahora. Pero no me parece que sea rusa. Ahora bien, usted es ruso. Sí, muy, muy ruso.» Tolstoi fue de las pocas visitas que Chéjov consintió recibir en el lecho de su muerte. ¿Quién sería capaz de decir que no a un maestro de las letras universales tan vanidoso como para compararse con Shakespeare?

En el año 1897 le fue diagnosticada una tuberculosis grave que le afectaba la parte alta de los pulmones. Se retiró a su recién comprada casa de Mélijovo, junto a su hermana. Los episodios de tos eran cada vez más frecuentes y agudos. En una cena con Suvorin en uno de los restaurantes más lujosos de Moscú, Chéjov descubrió un pañuelo lleno de sangre tras haberse tapado con él la boca. Posiblemente, esa cena que menciona Raymond Carver al principio del cuento “Tres rosas amarillas” fuese la última que compartieron Suvorin y Chéjov. El caso Dreyfus les enemistó y nunca más volvieron a compartir mesa, ni el editor a publicar sus textos. Es más, en el año 1899, Marks, el editor más famoso de Rusia, trasladó a Chéjov una propuesta irrechazable: publicaría sus obras completas a cambio de setenta y cinco mil rublos.

Ese mismo año Chéjov conoció a Olga Knipper, actriz alemana de reconocido prestigio con quien se había carteado anteriormente. Su relación fue extraña, apenas se veían y cuando lo hacían era por tiempo muy breve. Ni el escritor ni la actriz quisieron dejar de lado sus compromisos profesionales. Se casaron el 25 de mayo de 1901 en una iglesia moscovita sin la presencia de familiares, a excepción hecha de dos estudiantes desconocidos reclutados para dar fe del enlace. Chéjov llegó a decir en una ocasión que él buscaba una mujer como la Luna, que apareciese a intervalos.

En el año 1900 le llegó la consagración final al ser elegido miembro de la Sección de Letras de la Academia de las Ciencias, junto a Korolenko y a su amigo Tolstoi.

En el año 1903 el doctor alemán Altshuler les derivó al doctor Taube que, al reconocer a Chéjov, tendió los brazos hacia el cielo en señal de impotencia. El matrimonio pasó los últimos días del escritor en la pequeña ciudad de Badenweiler, en la selva negra alemana. Primero se hospedaron en la Villa Friederike y más tarde en el Hotel Sommer. El primero de julio, a mitad de la noche, Chéjov se despertó y pidió a Olga que llamase a un médico. El médico nada pudo hacer por su vida más que pedir una botella de champán en vez de una de oxígeno. El destino había descubierto sus cartas. No brindaron. Chéjov bebió la copa y se acostó de lado. Enlazó sus manos con las de Olga, que escribiría más tarde que aquellas manos le quemaron los dedos. No volvió a abrir los ojos para ver el jarrón de rosas amarillas.

Llegó a Moscú en un vagón destinado al transporte de ostras. En el andén una banda militar tocaba una marcha fúnebre. Entre el desconcierto supieron que la banda era homenaje a un oficial del ejército ruso caído en combate.

(II), Arthur Rimbaud

Arthur Rimbaud nació el 20 de octubre de 1854 en la localidad de Charleville, un núcleo de población fundamentalmente comercial y burguesa, en la frontera con Bélgica. El niño Arthur Rimbaud era bien parecido, con las hechuras de un campesino desgarbado y con los ojos de un azul pálido inquietante. El padre de Rimbaud, Frédéric, de gran parecido físico con el hijo, fue un aclamado militar y excepcional gestor de la administración, tanto fue así que mereció ser nombrado caballero de la Legión de Honor. Su madre, Vitalie, fue, según la opinión unánime de los biógrafos del poeta, una mujer estricta y rígida, muy preocupada por la honorabilidad burguesa de su familia y profundamente religiosa. En el año 1860 Frédéric y Vitalie se separaron y, desde ese mismo momento, el pequeño Arthur dejó de tener contacto con su padre, que moriría en Dijon, cerca del nacimiento del Sena, en 1878.

En el año 1862 Arthur Rimbaud ingresa en la Escuela de Rossat (rue de L´Arquebuse), en uno de los mejores barrios de la ciudad, donde se inicia en el estudio del latín y del griego. Dos años más tarde, ingresa en el Instituto de Charleville (Place de Saint-Sépulcre) y empieza a destacar por encima de sus compañeros, con textos que reciben premios y menciones especiales. Estos primeros años de Arthur están marcados por los castigos corporales que le infringe su madre y por la sola amistad de Ernest Delahaye, con quien comparte innumerables tardes en el Café de l´Univers acompañados de Charles Bretagne. En estos primeros años Arthur también destaca en el colegio por su espléndida memoria y gentil educación: es, en definitiva, un alumno modelo.

Desde muy pronto, al pequeño Rimbaud le interesan las letras y lee las revistas a las que está suscrita su madre, además de la Biblia y de algunos libros de viaje. Quien será su amante, Verlaine, escribirá en Los poetas malditos que los libros que interesaban a Rimbaud eran, principalmente, libros orientales y «mamotretos científicos, raros y antiguos». A medida que crece se va acercando a la literatura del momento. Cuenta José Antonio Millán Alba que su madre le impedía la lectura de ciertos libros y que, en una ocasión, al ver que su hijo leía Confesión de un hijo del siglo de Musset, se acercó al colegió y el culpable de haber prestado el libro recibió una severa reprimenda.

En 1870,  Arthur Rimbaud cuenta con dieciséis años, se incorpora al Instituto Charleville Georges Izambard, el nuevo profesor de Literatura (aunque otros autores sostienen que la asignatura que impartía era la de Retórica), con quien el poeta en ciernes traba una singular amistad. Desde el primer momento, Izambard le abre su biblioteca, favoreciendo su desarrollo intelectual, e incluso su casa, donde Arthur Rimbaud pasa horas y horas al refugio de su madre. Vitalie, atemorizada por el efecto que las lecturas pudieran producir en la personalidad de su hijo, escribe una carta a Izambard en los siguientes términos: «Muy Sr. Mío: le estoy extraordinariamente agradecida por todo lo que usted hace en beneficio de Arthur. Le prodiga sus consejos y le dispensa sus enseñanzas. Pero hay algo que no puedo aprobar, como por ejemplo, la lectura de un libro como el que le ha dado hace pocos días. Sabe usted mejor que yo el cuidado que hay que tener con la elección de los libros que se ponen al alcance de los niños». Izambard recoge en una nota de su diario sus impresiones: «la señora [en referencia a Vitalie] continuaba sus diatribas sin escucharme. Comprendí que execraba al autor, sin haberlo leído, puesto que, al parecer, se le había incluido en el índice expurgatorio: el libro era impío y yo no tenía derecho a convertir a su Arthur en cómplice de mis impiedades» El libro en cuestión era Los Miserables de Victor Hugo. En plena adolescencia, Rimbaud ya había abierto una brecha enorme respecto a la autoridad materna.

En agosto de 1870 Rimbaud huye a París e inmediatamente es detenido por la policía y llevado a la prisión de Mazas. Una semana después se derrumba y comunica su paradero a Izambard, quien lo pone en conocimiento de Vitalie. Vuelve a Charleville, pero en la primera semana de octubre se vuelve a escapar. Esta vez recala en una casa que la familia de Izambard tiene en Douai, donde le acogen con gran cariño las tías Gindre. Cuando las tías avisan a Izambard, éste hace lo propio con Vitalie, se pone en camino hacia Douai y entrega a Arthur a la policía. Ya no se volverían a ver.

El comportamiento de Rimbaud es cada vez más ordinario y rebelde. A su vuelta a Charleville se niega a volver al colegio, vende unas cuantas posesiones para pagarse el tren a París y regresa a la capital. Son estos meses en París los que más influyen en la personalidad del poeta, que vaga sin fortuna por las calles del centro y que una noche, refugiado en un cuartel de la Guardia Nacional, es violado por varios soldados. Este acontecimiento es fundacional en la estética y obra del poeta y, en palabras de Starkie, «sólo después de esta experiencia encontraremos en Rimbaud el asco a la vida, la incapacidad para aceptarla como es, junto con el deseo de escapar de la realidad, o bien hacia el pasado infantil, de vuelta a la inocencia y a la pureza, o hacia el más allá, donde no había ni vicio ni pecado, o hacia un mundo de su propia creación, donde no existía más que la belleza».

En los últimos meses en Charleville, pues regresa a casa tras el incidente traumático, Arthur Rimbaud elabora toda su doctrina estética, influida en gran parte por Baudelaire (ver Apunte de Literatura XII). Asimismo, durante este tiempo escribe el poema El barco ebrio (si yo ansío algún agua de Europa es la del charco / negro y frío en el cual / al caer la tarde rosa, / en cuclillas y triste, un niño suelta un barco / endeble y delicado como una mariposa) que será su carta de presentación en París. El poema El barco ebrio es la culminación de su obra de juventud (1869 – 1871) que se compone, fundamentalmente, de abundantes poemas cortos y composiciones de cuatro, cinco o seis versos. Una vez allí es acogido por Paul Verlaine, poeta que cuenta con gran fama y reconocimiento.

Rimbaud llega en el año 1871 a París, invitado por Verlaine. Se hospeda en la casa de los suegros de Verlaine, la familia Mauté. La mujer de Verlaine, Mathilde, era conocedora de la correspondencia entre Rimbaud y su marido pero en ningún caso podía llegar a preveer que la llegada de Arthur cambiaría su destino por completo. Ambos poetas apenas pasan por casa, salvo para comer y la relación de Verlaine y Mathilde se vuelve cada día más odiosa, a causa de unos más que fundados celos.

En París se reúne por fin con el grupo de poetas Vilains Bonshommes (Tipos Infames) que más tarde retratará Henri Fantin-Latour en el cuadro El rincón de la mesa. Lo cierto es que los modales odiosos de Rimbaud hicieron que no fuese bienvenido. Sucesivamente, es invitado a abandonar la casa de la familia Mauté debido a unas cuantas fechorías insoportables (Mathilde anota en su diario que «algunas fechorías vinieron a echar un jarro de agua fría sobre nuestra buena opinión. Primero, se llevó un cristo de marfil que había sido de mi abuela y que a Verlaine le costó mucho recuperar; después, rompió a propósito varios objetos que yo apreciaba; además de cometer numerosas indelicadezas que acabaron por disgustarnos»). Charles Cros, otro de los poetas parnasianos, comprometido, se ve obligado a ofrecerle su estudio y tras ocuparlo varios días Arthur lo abandona; y, por último, de nuevo es cortésmente invitado a abandonar la habitación que le había alquilado Banville. De hecho, en repetidas reuniones del grupo, Rimbaud desprecia las composiciones sus compañeros. Es durante una de estas veladas cuando, tras una desconsideración del fotógrafo Carjat hacia Rimbaud, éste se apodera de un bastón de estoque e hiere la mano al provocador. Todo ello le condujo a la sola compañía de Verlaine y de algún que otro compañero de costumbres tan disolutas como las suyas.

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El rincón de la mesa, de Henri Fantin-Latour

Completamente solos, Rimbaud y Verlaine, huyen a Londres en el verano de 1872, se instalan en el Soho y se anuncian en el periódico Times como profesores de francés. Rimbaud frecuenta principalmente el muelle de Londres, donde encuentra a las personas más sórdidas, las mercancías más variopintas y los relatos de lugares lejanos que le ofrecen los marineros. Durante meses vagabundean por Londres y se emborrachan junto a otros poetas hasta que Rimbaud abandona a Verlaine y vuelve a Charleville. Se aloja en la granja de Roche y empieza a escribir Una temporada en el infierno. Roche es una aldea a orillas del rio Aisne en el cantón de Attigny, cuarenta kilómetros al sur de Charleville, donde la familia materna del poeta, los Cuif, poseen una granja. Es principios del año 1873, y en abril aparece de nuevo Verlaine, con quien vuelve a Londres en mayo hasta que, hastiado por el comportamiento impasible e indiferente de Rimbaud, que sufre una crisis anímica atroz, huye a Amberes. Separados, se envían cartas y Verlaine, en una de ellas, amenaza con volarse la tapa de los sesos si su mujer no le perdona. Rimbaud sabe que la amenaza de Verlaine es un farol y se encuentran en Bruselas en julio.

El episodio de Bruselas, ocurrido el 10 de julio de 1873, es quizás el más conocido de la relación tortuosa que unió a estos dos grandes poetas franceses. Verlaine, años más tarde, se referiría al episodio de la siguiente manera:

Rimbaud y yo estuvimos quizá cinco minutos sin movernos y mirándonos con ferocidad. Por fin, Rimbaud apartó la vista. “Me voy”, dijo. Y, saliendo al pasillo, bajó las escaleras salvando los peldaños de cuatro en cuatro. Yo oía como crujían los escalones con sus brincos. Jadeaba y lo veía todo rojo; me daba la impresión de que se llevaba consigo mi mente y mi corazón.

Cuando dejé de oírlo, fue como si se desencadenase en mí una tempestad. Me dijo que, aunque fuese a la fuerza, tenía que alcanzarlo y encerrarlo en aquel cuarto. Me puse de pie y corrí hacia la puerta. Mi madre quiso impedirme el paso. “Paul –dijo con acento suplicante-, estás loco. ¡Vuelve en ti, acuérdate de los tuyos! Pero yo estaba arrebatado de ira. Le di un empellón, voceándole no sé qué insultos. Y, al intentar cerrarme el paso, la aparté con un ademán tan brusco que se golpeó la frente contra el marco de la puerta. ¡Ay, bien sé que parece una salvajada! Pero había perdido la cabeza; habría matado lo que fuera con tal de recuperar a Rimbaud.

Me eché escaleras abajo. Ya en la calle vi que Rimbaud caminaba por la acera hacia el Boulevard Botanique. Andaba despacio y parecía indeciso. Lo alcancé y le dije: “Tienes que volver conmigo y, si no, ándate con cuidado porque las cosas se van a poner muy feas”.

“Déjame en paz”, me contestó sin mirarme.

Entonces me puse como loco. Me dije que ya solo me quedaba matarlo. Saqué el revólver, que seguía llevando en el bolsillo y disparé dos veces. Rimbaud cayó al suelo. Unas personas me sujetaron y eso fue todo.

Extraído de entrevista a  Paul Verlaine por Adolphe Retté en Le Symbolisme

Después de ser disparado, Rimbaud decide que no tiene más opción que la huida. La madre de Verlaine le presta veinte francos para el viaje, pero, antes de despedirse, el que fuese su amante le vuelve a amenazar. Rimbaud, atemorizado, denuncia a Verlaine ante la gendarmería; denuncia de la que desiste a los pocos días.

Tras una semana en el hospital, Rimbaud es conducido por la policía hasta la frontera. Como tantas otras veces, Rimbaud es invitado a abandonar su lugar de residencia. Tras varias horas caminando en dirección a la granja de Roche, llega a la casa donde se reencuentra con su madre y, apoyado en su pecho, llora desconsoladamente. Rimbaud tiene dieciocho años y se encierra en el granero para terminar Una temporada en el infierno. Ya no se volverá a ver con Verlaine, salvo en 1875 para entregarle el manuscrito de Las iluminaciones [episodio discutido entre los biógrafos del poeta pues Verlaine en Los poetas malditos cree perdido para siempre el manuscrito; de lo que hemos de extraer que nunca lo poseyó].

Mucho se ha escrito sobre la relación entre Rimbaud y Verlaine. No hay duda de que vivieron juntos y que mantuvieron durante dos años (hasta el 1973) una relación homosexual. Según José Antonio Millán Alba la homosexualidad buscada por Rimbaud no era más que «uno de los aspectos integrantes de su sistemática perversión de los sentidos». Verlaine, por su parte, se refiere a los rumbos que dieron juntos como «diversas peregrinaciones más o menos aterradoras». Sin embargo, no hay dudas en que ambos poetas accedieron al parnaso de los intocables y que Rimbaud, el pequeño poeta nacido en Charleville, había escrito antes de los dieciocho años, como bien había dicho Fénéon, obras que estaban por encima de la mismísima Literatura.

(I), Juan Rulfo

Rulfo: Considero que esta mujer ideal que busca el hombre sí existe; a la larga se la puede encontrar. Yo la encontré.

Fuentes: ¿y es necesaria?

Rulfo: Sí, porque lo estimula a uno, le da a uno cierta vitalidad.

Fragmento extraído de Espejo de escritores de Sylvia Fuentes.

Juan Rulfo nació en Sayula, Jalisco, en el año 1917. O, al menos, hacia esa dirección apuntan los estudios actuales porque lo cierto es que hay mucha controversia acerca de la fecha y el lugar del nacimiento del escritor. En ocasiones, Juan Rulfo dijo que había nacido en Apulco en el año 1918; y en otras, que había nacido en ese mismo año en la ciudad de San Gabriel. Si en una dato en apariencia simple como el del nacimiento compiten diferentes interpretaciones, esto se debe a que, tal y como cuenta la biógrafa Reina Roffé, «desde siempre, las mentiras fueron para él armas defensivas, formas de quitarse de en medio a la gente».

La infancia de Juan Rufo estuvo marcada por la muerte. En 1923, Guadalupe Nava disparó por la espalda a su padre (don Cheno), causándole la muerte. Cuatro años después, murió su madre (María Vizcaíno) a causa de un paro cardiaco. A los diez años, Juan Rulfo era un niño huérfano. Durante este tiempo, también se sucedieron las muertes de varios tíos y del abuelo paterno. Quien lo haya leído sabe que su obra está impregnada de cadáveres y que la muerte fue un sentimiento que siempre lo habitó.

La infancia de Juan Rulfo se desarrolló en tiempos de la revolución cristera (1927 – 1929). La revolución cristera forma parte fundamental de la obra rulfiana, tanto es así que «todo lo que dio a conocer Rulfo transcurre en un ámbito rural y en un contexto sociopolítico que tiene la revolución y a la cristiada como protagonistas directas» (Reina Roffé, 2003, p. 43). En el clima de la revolución y el altercado, las calles de México se tiñeron de rojo y los bandidos aprovecharon para desposeer de las tierras a sus legítimos propietarios. Una de las familias más afectadas por la colectivización violenta de las tierras fueron los Rulfo Vizcaíno.

Rulfo pasó los primeros años sin sus padres en el orfanato Luís Silva de Guadalajara. Más tarde, recayó en el Seminario Conciliar del Señor San José para, tres años más tarde, asistir de oyente primero a clases de Derecho y luego de Literatura y Letras. En estos años –mitad de la década de los años treinta- Juan Rulfo pretendió imitar la educación de los grandes escritores, que como Borges u Octavio Paz poseían una formación exquisita. En 1936, gracias a las influencias de su familia, consiguió un puesto en la Secretaría de Gobernación en Ciudad de México. Sin embargo, la flojera y las pocas ganas de trabajar que demostraba – algunos días ni siquiera acudía al trabajo – hicieron que le rebajasen sueldo y rango. Agobiado, pidió en 1939 un traslado a la Oficina de Inmigración de Guadalajara, donde encontró compañeros con quienes compartir inquietudes.

En el año 1944, Rulfo conoció a Arreola y a Alatorre, editores de la revista El Occidental. Sabiendo que Rulfo compartía interés por la literatura, le propusieron colaborar. En los años 1944 y 1945, Rulfo dio el salto a la escritura, con gran asombro para quienes lo trataban, pues nadie imaginaba que tras su personalidad callada y tímida, se hallaba la potencia visceral de sus textos. Pasaron los años y Rulfo empezó a escribir en la revista América, muy leída en aquella época (finales de los años cuarenta). Juan Rulfo se situó así como una de figuras más importantes de la nueva narrativa mexicana, junto a su amigo Arreola.

Al mismo tiempo, Rulfo comenzó una relación epistolar con quien luego sería su mujer: Clara. En el año 1941, Juan Rulfo conoció a Clara, una muchachita de familia bien trece años menor que él. En ese primer momento no hubo contacto, sólo algunas pesquisas que Juan Rulfo llevó a cabo para saber sobre la muchacha, como quien busca en secreto el amor. Tres años más tarde el destino les puso de nuevo frente a frente y el escritor no dejó pasar la oportunidad. Se enviaron cartas durante tres años hasta que en el 1948 se casaron. Las cartas se han recogido en el libro El aire de las colinas: cartas a Clara. Algunos fragmentos son especialmente reveladores de la personalidad del escritor. En una carta fechada el 21 de mayo de 1947 escribe Juan Rulfo: «siempre fui un sujeto dado a estar solo, ni cuando chiquillo me gustó andar con los demás. Esto me hizo daño. Yo sé que me hizo daño para la vida. Uno tiene su vida interior formada desde los primeros años, y al fin un día se encuentra uno con la vida de afuera y la halla llena de problemas y complicaciones y uno no está bien preparado para eso». Asimismo, Juan Rulfo escribió a Clara pasajes evocadores de un amor casi filial y trató a su pretendienta como si fuese la proyección amorosa de su madre. En la carta del 17 de junio de 1947, Juan Rulfo escribe a Clara: «me acuerdo de que yo casi me sentía tu hijito cuando estaba cerca de ti». Es muy probable que Rulfo viese en Clara colmadas todas las carencias que le sobrevinieron tras la muerte de su madre.

En 1953 el Fondo de Cultura Económica de México publicó la recopilación de cuentos  “El llano en llamas” y la crítica lo acogió con agradables reseñas. Dos años más tarde, la misma editorial publicó “Pedro Páramo”. La crítica no fue esta vez amable con “Pedro Páramo” e incluso sus amigos más cercanos se lanzaron a resaltar antes los errores que las virtudes. La novela cuenta el viaje de un muchacho que rastrea en Cómala el pasado de su madre y lo que encuentra es una ciudad muerta, donde retumban los murmullos (de hecho, en un principio la novela iba a tener por título “Los murmullos”). Comala viene de «comal» que en México se utiliza para denominar al disco de barro o metal donde se cuecen tortillas de maíz o granos de café. Comala es una ciudad de brasas en la que arden los cadáveres; arden tanto que viven.

Durante mucho tiempo la crítica despreció el libro y llegó a atribuir el mérito de la publicación a Arreola. De hecho, en los mentideros corrió la voz de que Rulfo era «el burro que tocó la flauta», es decir, que “El llano en llamas” había sido producto de la casualidad. Lo cierto es que Rulfo contó con la ayuda desinteresada de Arreola, quien le animó a eliminar las páginas inútiles, las reflexiones del narrador omnisciente y a hacer más atractiva la estructura. Una vez que Rulfo vio las enormes posibilidades que resultaban de situar la novela en un tiempo y lugar ficticio, a caballo entre la vida y la muerte, «escribió con la libertad de poder manejar a sus personajes, dejándolos entrar y después dejando que se esfumaran, que desaparecieran» (Reina Roffé, 2003, p. 141).

Después de “Pedro Páramo” Rulfo se sumió en el silencio y no volvió a publicar. Algunos autores han diagnosticado en esta actitud el “síndrome Rimbaud” (aunque ello conllevaría el desprecio a la propia obra, algo que Juan Rulfo nunca hizo); otros el “síndrome Bartleby”, es decir, el tránsito del éxito a la escritura del no. Son muchas las explicaciones que se han dado a la sequía del escritor jalisciense. Unos dicen que la crítica le paralizó, otros que le paralizó el éxito. Enrique Vila-Matas encontró la causa del silencio rulfiano en la muerte del tío Celerino, pues él era «quien [le] platicaba todo» (palabras pronunciadas en una conferencia en La Universidad Central de Venezuela el 13 de marzo de 1974). Lo cierto es que el escritor nacido en Sayula no escribió más, aunque en alguna que otra ocasión comentase que estaba escribiendo un libro llamado “La cordillera”.

A pesar de que no escribió más libros, Rulfo no dejó de contar historias de Jalisco y de las gentes que conoció cuando niño, y quienes las escucharon dicen que las contaba como si las estuviese escribiendo. Rulfo fue un magnífico conversador que pasó horas y horas en las librerías El Ágora y El Juglar, a escasas cuadras de su casa, bebiendo café o coca-colas. Sus hijos comentan que llegaron a turnarse para no dejar a su padre conversando solo, pues podía hacerlo hasta altas horas de la madrugada. Era también un amante de la sabiduría popular y el refranero, y de él dijo el recientemente fallecido Fernando del Paso que «fue uno de los grandes escritores menos cerebrales del mundo y más intuitivos».

Juan Rulfo murió en Ciudad de México el 7 de enero de 1986. Un cáncer de pulmón le impidió los últimos meses salir de la cama. Justo antes de morir le dijo a un amigo íntimo que se le aparecía la muerte, que se sentaba a escribir y le venía la muerte. Trescientas veinticinco páginas hicieron eterno a Juan Rulfo – las que suman “El llano en llamas” y “Pedro Páramo” -, escribiendo todo lo que sintió necesidad de contar porque, en palabras de su hijo Carlos, «la escritura era para él una necesidad de empujar, de sacar algo y eso es lo que hizo durante un tiempo muy corto de su vida».

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