Reseña “Los sentimientos encontrados: diario de un poeta y editor” de Kepa Murua

Kepa Murua (Zarautz, 1962) es un hombre comprometido con el Arte, a quien le debe todo a pesar haberlo mimado como pocos. A sus numerosísimos poemarios y varias novelas les acompaña la revista Luke de creación contemporánea, que da voz a autores consagrados y a autores noveles. Asimismo, durante quince años (1996 – 2011) dirigió con tremendo buen gusto la editorial Bassarai, que se hizo un nombre dentro de los círculos especializados y que, como dice el propio Kepa, se adelantó a su tiempo, apostando por libros de vanguardia. Ambas identidades, la de poeta y la de editor, conforman una personalidad completa que mira con atención a ambos lados de la mesa para no perder el hilo de la conversación.

Hace seis años se publicó “Los pasos inciertos (1996 – 2004): memorias de un poeta metido a editor” (ed. Milrazones). En sus casi trescientas páginas se asiste al nacimiento de la editorial Bassarai y de la revista Luke, que son ya proyectos consolidados en “Los sentimientos encontrados (2005 – 2007): diario de un poeta y editor” (ed. Cálamo). Se han escrito ríos de tinta explicando el auge de los diarios, género que en España apenas se había cultivado hasta fechas muy recientes. Una de ellas apunta a que el público ahora demanda textos más eclécticos, a lo que se adapta mejor el diario que otros géneros. Otra causa apunta al diario como ejercicio introspectivo que ayuda a ordenar los sentimientos del individuo aislado en el marco de una sociedad frenética y posmoderna. Sin embargo, la explicación más completa, y esto el autor lo ha entendido mejor que nadie, reside en el pacto de verdad que asume el escritor con los lectores, que se materializa en la necesidad de no inventar y no fantasear. En este sentido, el respeto con el que Kepa trata al lector invade ambas esferas: como poeta nos muestra sus miedos y como editor sabe que tenemos la última palabra.

Con los diarios de Kepa Murua se accede a la intimidad del trabajo editorial de un emprendedor que apuesta por la literatura periférica. Es un testimonio muy útil para quienes quieran conocer de primera mano el surgimiento de las decenas de editoriales independientes que –aún hoy- permanecen firmes contra viento y marea. Kepa encuentra la razón «de este renacer de las editoriales independientes en un cambio generacional, en una renovación cultural que cada cierto tiempo acontece en todos los países». El editor independiente debe mantener la ilusión y la confianza en su proyecto a pesar de las tremendas dificultades que impone no pertenecer al círculo de distribución mayoritario. El mundo de la edición es una pescadilla que se muerde la cola.

La segunda parte de los diarios plantea un juego desde el principio. Del título se extraen dos lecturas: los sentimientos encontrados como sentimientos reconocidos (identificados, si se quiere) por medio de la meditación sosegada producto de la escritura; y los sentimientos encontrados como sentimientos en disputa o contradictorios. Ambos significados enlazan con la naturaleza propia del hombre: el deslumbramiento producto de la reflexión, así como la lucha constante entre dos pulsiones en conflicto.

Kepa Murua nos invita a bucear en su día a día, haciéndonos partícipes del enfrentamiento entre ambas identidades. Estos son «unos diarios para recordar, para no olvidar, que muestra la intimidad de un poeta y la trastienda de una editorial» El propio diarista así nos los cuenta: «la diferencia entre un editor y un escritor es clara: el editor tiene un oficio con más decepciones que alegrías, y el escritor obtiene de su oficio solitario más alegrías que decepciones». El poeta se apoya en el editor y el editor aprende del poeta. Pero, ¿conoce cada personalidad sus límites? Ahí es donde el escritor se vuelca y, en cierto modo, se ahoga: «siento que mi trabajo de editor me quita mucho tiempo para la escritura». Así, son recurrentes las anotaciones en las que Kepa observa un mismo prisma desde distintos ángulos: como poeta, como editor y como hombre («el editor que no se cree su papel, el que no se cree su discurso, es un farsante. El poeta que se cree lo que hace es un auténtico escritor. El hombre que se cree su existencia, un verdadero poeta»).

A pesar del fatigoso esfuerzo con el que se ha de empeñar un editor independiente, en los diarios aún hay tiempo para las relaciones sentimentales y las escapadas. Es sorprendente la sinceridad con la que Kepa describe la ruptura con Mi. y los episodios de desesperación que asolan a Dé. Estos diarios son, del mismo modo, un libro de viajes en el que el autor nos recomienda paseos, museos y salas de baile en Londres, Buenos Aires, Canadá y Brasil. Con un estilo sobrio y directo que compagina con disertaciones sobre poesía, novela y ensayo –algunas entradas son verdaderos testimonios académicos -, Kepa mezcla con maestría las diferentes caras de una misma persona.

Los diarios de este escritor guipuzcoano son de extraordinario interés para quienes quieran conocer la industria del libro. Además, en sus páginas se maneja con maestría el relato, apoyándose en una «economía verbal que busca el volumen justo para que la atención se centre en la calidad de la voz» porque «en la escritura nada es casual, todo es consciencia». Kepa es un narrador incómodo que accede a la profundidad de las cosas y nos las enseña. Es un regalo que comparte la experiencia de alguien que se ha ganado el respeto por derecho propio: un artesano del libro que no debe nada a nadie.

 

Esta reseña está publicada asimismo en la página web de Kepa Murua.

Anuncios

Reseña de “Rameras y esposas: cuatro mitos sobre sexo y deber” de Antonio Escohotado

En el año 1978 Antonio Escohotado publicó Historias de familia: cuatro mitos sobre sexo y deber (Editorial Anagrama). Quince años más tarde, la misma editorial lo reeditó bajo el título Rameras y esposas: cuatro mitos sobre sexo y deber. El cambio de título se debió a, en palabras de Escohotado, las «certezas que el tiempo había ido puliendo y cambiando» y a que «su consideración proyectase luces y sombras bastantes distintas» a la primera versión del libro. Como obliga la honestidad intelectual, si los hechos hacen tambalear las afirmaciones, lo mejor es revisitar los fundamentos.

Este mismo mes la editorial La Emboscadura, que dirige su hijo Jorge y que ha nacido con el noble propósito de difundir globalmente el pensamiento del filósofo, ha recuperado el título: inasequible tanto por ejemplares como por desembolso. Escohotado, que anteriormente había publicado un libro sobre Marcuse (Marcuse: utopía y razón), otro sobre la filosofía hegeliana (La conciencia infeliz. Ensayo sobre la filosofía de la religión de Hegel) y otro sobre la evolución del pensamiento griego (De physis a polis. La evolución del pensamiento griego desde Tales a Sócrates), nos pone con Rameras y esposas en el sendero que transitan las verdades constantes y generales que se pueden extraer de una particularidad tan absoluta como la del evento mítico. La aparente contradicción se repliega cuando, cariacontecidos, comprendemos que los mitos, dada su naturaleza religiosa y sobrenatural, apuntalan el edificio del valor inmutable.

El filósofo hace un recorrido a través de diferentes mitos mesopotámicos, griegos y cristianos), extrayendo de ellos pautas generales de asunción de roles dentro de la familia. Desde la figura del padre, rey de reyes, que representa Zeus hasta San José, que suministra sustento y nutrición a la familia y, por tanto, es padre putativo. Asimismo, la figura de la madre es profundamente estudiada. En este sentido, se identifica en Hera el papel de madre que castiga las aventuras de Zeus sin deshonra, pero con elegancia. En episodios posteriores del mito, Deyanira aceptará desconsolada las infidelidades de Hércules con otras mujeres, pues entendía que Hércules fuera codiciado por otras como consecuencia de sus cualidades.

 

zeus_leda_amores_del_cisne.jpg
Zeus, transfigurado en cisne, conquista a Hera.

Sin embargo, de estos relatos no hay que extraer la condescendencia de la mujer respecto a los devaneos sexuales del hombre. Para que no quede pátina de duda Escohotado dirige su mirada hacia Babilonia, en el siglo V a.C., donde las mujeres debían ser desfloradas en el templo de la diosa Ishtar antes de comprometerse en matrimonio; y no por su futuro marido, sino por el primero que pusiese una moneda de plata en su regazo. Esta costumbre arcaica consagra una primordial unidad femenina; y concluye el filósofo: «esa ordalía la hace adulta, igual a las demás, porque ahora ha conocido en la acepción más densa del término –como solo conoce el acceso carnal». La mujer corriente se eleva hasta ramera sagrada, hieródula.

Esta secuencia que se dirige irremediablemente hacia el paraíso de la libertad y, por tanto, de la igualdad se detiene ante el mito cristiano. El ejemplo de la Virgen María es el de la mujer que considera la virginidad intacta «parte esencial del patrimonio que aporta como casadera» Unas líneas más adelante, Escohotado se reafirma con total contundencia: «la tradición que se abre camino con María entiende pureza como limpieza, y limpieza como conservación del himen; de ahí que en griego María no sea pura sino impoluta». ¡Con la Iglesia hemos topado! La interpretación cristiana unida al matrimonio monogámico, decretado por primera vez en la historia por el rey ateniense Cecrops, interrumpen la evolución de los acontecimientos y convierten la institución familiar en otra cosa. Antonio Escohotado en el blog de La Emboscadura lo explica de la siguiente manera: «al triunfar el cristianismo desaparecen las hieródulas. La mitología empieza a ser ocupada por personas decentes, que, sin enardecerse en batallas carnales, trabajan de buena gana catorce horas diarias. A partir de ahora las rameras son solamente dulas o siervas, rameras profanas, no protegidas sino estigmatizadas por la ley». Nos hallamos en el tránsito de lo divino a lo humano. Con todas sus consecuencias.

Si en un principio fue el hombre quien se benefició de la institución familiar pues en ella combinaba posesividad y promiscuidad, más tarde el matrimonio se revela como forma de dominación velada de una madre divina, que usa como mano de obra a un progenitor aparente. La esencia de San José es el altruismo, opción con la que mantiene cubiertas las necesidades de laborosa obtención reclamadas por su hijo. El matrimonio se convierte, pues, en una institución económica. Bajo esta forma de matrimonio el hijo aparece como razón de ser de los progenitores y no como parte de su progenie. Son en los Evangelios Apócrifos, que proliferaron en la Iglesia a partir del siglo II, donde con mayor exactitud se puede ver el intercambio de papeles padre-hijo que se menciona más arriba. San José se verá obligado a amansar la furia de los vecinos de Nazaret, que han visto como el niño Jesús ha consumado dos amenazas de muerte y ha sumido en la ceguera a un airado grupo que protestaba contra él. Se hace explícita la nueva relación de poderes dentro de la familia, en la que el padre ha de responsabilizarse de las faltas del niño mimado; y se consuma cuando San José en su lecho de muerte, al ver entrar a su hijo, insiste: « ¡salve mil veces, querido hijo! ¡Al oír tu voz mi alma recobra su tranquilidad! ¡Mi señor, mi verdadero rey!» El hijo ha asaltado, definitivamente, el reino del padre.  Asimismo, la madre, ya liberada e inconsciente de su propia condición, eleva el grito feminista al reconocerse más allá de su contingencia: diría Escotado, «pide ser considerado un cuerpo sin sexo». En estos términos hemos de entender el siguiente titular, muy recurrente en pronunciamientos del filósofo: «La Virgen es un símbolo de rebelión femenina». De ahí que se quiera sostener al mismo tiempo el alumbramiento del niño Jesús y el dogma de la Inmaculada Concepción. Si han saltado por los aires los límites de lo posible, cualquier fantasmagoría puede acontecer

En los dos últimos capítulos se diserta sobre la propaganda de lo unisex que traen consigo los tiempos posmodernos de disolución de sexos, a pesar de que, observándolo con lupa, tales tiempos manifiesten con mayor convencimiento la multiplicación del factor género. Asimismo, se reflexiona sobre la prostitución y sus consecuencias al asimilar el mito cristiano y no cualquier otro. Todo ello con la implacable y lúcida prosa del autor, que acerca la investigación más refinada a un público ávido por conocer.

El libro se adorna con una elegante edición que disemina representaciones clásicas por doquier con ilustraciones de gran calidad. Si al lector le interesa bucear en las profundidades del pensamiento del autor sin caer en sus temas más conocidos – drogas y comunismo – este libro es de obligada lectura.

 

Este texto ha sido publicado en la web La Emboscadura con el título “La cuestión de género en cuatro mitos

La marihuana y el sueño

Hace tiempo que anoto diariamente lo que sueño, con el propósito de psicoanalizarme y, de paso, recoger ideas para un proyecto que comparto con mi amigo S. Como cualquier inquietud, ésta ha despertado muchas más. ¿Cómo funcionan los sueños? ¿De qué manera podemos manipular voluntariamente el curso del sueño? Para más inri, llevo tiempo buscando una respuesta satisfactoria a la interrupción del sueño causada por el consumo de marihuana. Buscando referencias, he recordado que en Aprendiendo de las drogas, libro del filósofo Antonio Escohotado, se bosqueja una respuesta. Textualmente, escribe Escohotado que “tras varias horas de fumar, lo normal es sentir sueño y dormir profundamente, rara vez con sueños. A mi juicio, esta falta de actividad onírica (no constante) proviene de que el cáñamo ha desarrollado ya antes al menos parte del potencial imaginativo”.

Buen punto de partida: el conjunto de imágenes e ideas destellantes que nos vienen a la cabeza cada vez que fumamos marihuana consumen parte del potencial creativo reservado al sueño. Cuando leí el libro, consideré que a esta respuesta le faltaba consistencia científica y, por tanto, mantuve la duda. [Aprendiendo de las drogas se editó en 1995 con la intención de acercar al gran público las principales conclusiones de la monumental Historia de las drogas. Desde ese tiempo a esta parte, los avances en neurociencia han sido tan significativos que han obligado a reinterpretar muchas de las teorías más sólidas de las Ciencias Sociales; y, cómo no, de la Farmacología]

Hoy, navegando la red, he encontrado unas declaraciones de Hans Hamburguer, neurólogo de la Holland Sleep Research. El científico apunta que el consumo de marihuana reduce el tiempo de descanso en fase REM y, consiguientemente, aumenta la duración de las fases No-REM. Debido a que los sueños se gestan en fase REM, su estrechamiento conduce a la suspensión del sueño. Y, a mayor abundamiento, es lugar común entre los fumadores habituales de marihuana, haber vuelto a la actividad onírica con mayor fuerza e intensidad tras haber dejado de fumar petas. Los sueños que se habían perdido se acumulan con los nuevos, produciendo un torbellino de imágenes agobiantes y extrañísimas. Esta situación es consecuencia del “efecto rebote REM”, del que Hans Hamburguer dice que “si has estado consumiendo una droga que suprime cierto fenómeno durante un tiempo, entonces, cuando dejas de consumirla el fenómeno regresa con mucha más fuerza”. Es una especie de sueño acelerado “que intenta ponerte al corriente de todo lo que te perdiste mientras fumabas marihuana”.

fasesdelsuenoR

La marihuana al igual que produce “estados de alteración de la consciencia” produce “estados de alteración del sueño”; y, ante la defensa de un consumo responsable, tales indicaciones son de indiscutible conocimiento si se quiere obtener – como diría W. Benjamin – una “vivencia de inspiración”. Recordando un encuentro con Antonio Escohotado, reproduzco sus inteligentes palabras: “las drogas sin elegancia son una grosería”.

Los dramas

Ayer volví a ver El desencanto: la película de Jaime Chávarri sobre los dimes y diretes de la familia Panero-Blanc. A la muerte de Leopoldo Panero, poeta del régimen, le siguen las preguntas – de su mujer e hijos – que su presencia durante tanto tiempo calló. Los hermanos Panero – de mayor a menor: Juan Luis, Leopoldo Maria y Michi – inventan un juego de luces y sombras donde aparece la familia como institución casi penitenciaria.

Felicidad Blanc, la mujer del poeta, se lee la vida y recuerda su enamoramiento sin reconocer el drama que contiene. “Y me dijo que, más que como una joven, él ya me veía como una persona mayor”, llega a comentar en una ocasión. Por su parte, los hijos, todos tocados por una locura lucidísima, disputan la figura del padre; lucha simbólica que acaba ganando el que menos interés tenía en ella: Leopoldo Maria, quien a su vez destrona a Juan Luis en la carrera de las Letras.

Me viene a la cabeza una frase de Bukowski, que ahora ni fu ni fa pero que antes leía sin descanso, del documental Born into this: “para triunfar en la vida hay que tener una infancia trágica”. Rimbaud, por ejemplo, vivió despreciado por su genio desbordante; Wilde vivió una infancia de padre desaparecido y de madre mórbida. Sin embargo, muchos otros han crecido en el seno de una familia cálida y con posibles. André Gide vivió de rentista toda su vida y nos ha legado una obra inmensa y a la contra.

Y, en este mismo momento, me doy cuenta de que por más que he intentado partir en dos mi corazón, siempre he vuelto a la hoguera, ya sea en brasas o titilante, de alguien que me quiere.

La leche con miel

Los remedios caseros contra el frío están íntimamente imbricados en la cultura popular. La leche con miel es el remedio occidental; traído de Gran Bretaña, donde cualquier indisposición se cura a base de té breakfast con leche y miel. Cuando unos amigos londinenses de mis padres me ofrecieron probarlo, acepté, y, desde entonces, lo prefiero al café. En los bares me miran raro, pero me da igual. “¿Quiere el señor un té negro o rojo? ¿Una manzanilla? No, un té breakfast con una nube de leche. Ah, sí, y tráigame la miel, por favor”. ¡Qué cursi me pongo a veces!

Calentar agua en una olla y acercar la nariz para respirar el vapor nunca me ha convencido, más si la eficacia del remedio depende de taparse la cabeza con un trapo. No me imagino a las hermanas Bronté curándose así un resfriado: tomarían una cucharada de jengibre o un zumo de naranja natural. Y trayendo remedios caseros me acuerdo del de mi abuela: té de ajo con canela. Supongo que la cultura del remedio puede ser, según su origen, sofisticada o provinciana, cañí o mestiza.

Durante mis días en Argentina sufrí una jaqueca horrible. En Maipú, provincia de Buenos Aires, una mujer me recomendó vinagre de manzana y que aplicase hielo sobre la zona dolorida. En el Perú curan el mal de altura con infusiones de hojas de coca. De nuevo, el paliativo es eminentemente cultural, a pesar de que las mascarillas de oxígeno tampoco sean mala opción.

Sin embargo, a mí, mediterráneo de nacimiento y convicción, se me quitan todos los males poniéndome al sol. Recuerdo, durante los años de universidad, bajar abrigado al banco e inundarme de sus rayos.

 

Las rutinas

La rutina nos acompaña desde muy pronto. De chiquitos, el colegio y las actividades extraescolares; más tarde, la universidad; y, después, el trabajo. La rutina construye el relato cotidiano de nuestras vidas: pagar el pan con la calderilla. ¿Qué hay más allá de la rutina? Nada, absolutamente nada. En la excepción reside la no-rutina; lo nuevo es la interrupción de la costumbre. Donde no hay rutina, pues, no hay vida.

Películas y libros a montones repiten esta idea. En Groundhog Day, el protagonista, Phil Connors, utiliza la rutina como catalizadora del cambio, y tras múltiples suicidios rehace su vida. Vila-Matas, en cambio, resucita a sus personajes poniéndoles frente al espejo, que es como tratar a alguien con terapia electroconvulsiva. En El mal de Montano un escritor enfermo de literatura busca rehabilitarse entre libros y autores; en Bartleby y compañía se suceden historias de escritores-del-no, quienes desaparecen tras un único libro.

Las fiestas de guardar se celebran descansando de la rutina. Sin embargo, para quien la rutina lo es todo porque siempre vive fuera de ella, es decir, su costumbre es el descanso, la interrupción de la no-rutina es un abismo insondable. Aprovechando que es el Día de Todos los Santos, he agendado varios asuntos para el día de hoy: acabar un paper y hacer una entrevista. Y ya mañana procrastinaré, cuando el mundo vuelva a ponerse en marcha.

 

Enseñar la casa

Varios albañiles y un pintor ocuparon mi casa durante una larguísima semana, cubriendo la tarima con cartones y los muebles con fundas de plástico. Pusieron la casa patas arriba, y, alguna que otra tarde, mi hermana tuvo que emigrar a la biblioteca. Al ver las ventanas descuajeringadas mi madre sufrió un ataque de histeria y pasó varios días en cama. Cuando se levantó, habían terminado incluso la habitación donde dormía y no se había dado cuenta. En la terraza de la cocina se espesaba el gotelé y en mi cuarto se cortaba aluminio con una radial. De vez en cuando asomaba la cabeza por alguna habitación y, compungido, cerraba la puerta tras de mí. Al séptimo día, como reza el Evangelio, mi madre despertó y la casa se presentó en sociedad.

Los albañiles se marcharon. Se marchó el pintor… y llegaron la familia y los amigos. Una vecina pidió a mi madre el teléfono del pintor, que era, ante todo, “muy curioso”, que es como decir que apenas ensuciaba; y otra se llevó algunos muebles que ya no cabían. Una amiga de mi madre trajo una tulipa para la lámpara del salón; y mi tía una maceta con flores. En la calle, gitanos recogían el aluminio y lo vendían al chatarrero por cinco duros.

Hay un cierto orgullo de enseñar la casa en las ciudades pequeñas; como si abriendo tu casa al mundo se airease, y el viento se llevase por delante los anteriores recuerdos. Aún sigue viniendo gente, y yo echo de menos quedarme a solas con el tintineo de las tazas al colocarlas.

 

Ir a Europa, volver al pueblo

Ir a Europa es una expresión muy de Berlanga, de perfume Varón Dandy. Cuando nuestros abuelos salían fuera de España, pero no atravesaban los Urales, comentaban que iban a Europa; pudiendo acabar tanto en Francia como en Alemania. Más allá de su frontera imaginaria quedaban la Rusia o la China.  Más acá, su pueblito de perdigones y gamberradas.

El sábado el abuelo de un amigo me preguntó si sabía cómo había quedado el equipo de su pueblo. Miré el resultado en el móvil y se lo dije. Su equipo había perdido y siguió caminando; ahora con aire entristecido.  Y, como si la casualidad hubiese querido mostrarme las dos caras de una misma moneda, ayer dos viejitos se sentaron frente a mí en el bar. No pude evitar poner la oreja. A las quejas propias de la edad les siguió una retahíla de recuerdos: los primeros striptease suecos y la ilusión ante las posibilidades que se abrían con la democracia. “Yo marché a Europa, donde trabajé en las minas de Gelsenkirchen; un hermano mío acabó en Rusia, donde hizo familia”, dijo el abuelo, que vestía una boina de pana y gafas de Cardenal Voiello en The Young Pope; la mujer una traje de chaqueta azul con un broche en la solapa.

No pretendo generalizar ni mi experiencia provinciana ni a mis abuelos de medianías; sé que la meseta es especialmente castiza. Aunque una cosa tengo clara: entre volver al pueblo e ir a Europa hay una única forma de vida, que es la de la España tecnicolor de nuestros mayores; que fue, como dijo Umbral a Lola Flores, mucho más guapa, barroca, confusa y golfa que la nuestra.

 

Los carnés

Te palpas los bolsillos del vaquero. En los delanteros no está. Tampoco en los traseros. Pruebas en el bolsillo interior de la chaqueta. Ahí está: la cartera. Recorres la cremallera y la abres. Sacas la tarjeta de crédito o el abono de transporte; la tarjeta del gimnasio o la de la biblioteca; la de las promociones del supermercado o la Affinity Card de las grandes superficies. O haces eso mismo delante del torno de entrada al trabajo; o lo que es peor, quizá la llevas colgada del cuello y no te has dado cuenta.

Durante los años de universidad sufrí en silencio uno de los dilemas propios del bibliófilo: qué hacer con los libros infantiles. Si los tiraba olvidaba en la basura una parte de mi propia vida; si los colocaba junto a los libros serios, mi biblioteca perdía cierto rigor académico (por ejemplo, La Sombra del Viento de Ruiz Zafón al lado de los Ensayos de Montaigne). Sin embargo, hoy se ha presentado la posibilidad de reconciliarme con el dilema, evitando que mi sobrino sufriese de igual manera, como quien supera un error ayudando a que otros no lo cometan.

Mi sobrino acaba de comenzar el tortuoso camino de las lecturas obligatorias. Tiene siete años y le han mandado leer un cuento. Para que no padezca el dilema comentado (si es que mi sobrino quiere ser en algún futuro bibliófilo), le he animado a sacar el libro de la biblioteca. Como era de esperar, había que ser socio para sacar préstamos. Mi sobrino aún no tiene ni carnés ni cartera. Lo único que colecciona son cromos de fútbol, y los guarda en una cajita de madera. La bibliotecaria le ha hecho una foto desde la cámara web-cam y ha impreso el esperado carné de socio de la biblioteca. Cuando se lo ha dado, mi sobrino no sabía qué hacer con él. Se lo he guardado en mi cartera, esperando ver a su madre para dárselo. Al salir nos hemos reído de la foto, amarillenta y pixelada.

Hace unos minutos, su madre ha venido a recogerle. Le he dado el carné y lo ha guardado en la cartera. Súbitamente, de sus ojos han regurgitado leves lágrimas y yo he comprendido que ir teniendo carnés es una metáfora muy poco poética de ir haciéndose mayor.

El autobús

Los autobuses son un lugar recurrente en mi vida. Todos-los-días-cojo-el-autobús. A la escuela de idiomas voy en autobús. A la biblioteca voy en autobús. A la estación de autobuses voy en autobús. A Madrid, por supuesto, voy en autobús. Gracias a Dios, a la autoescuela voy andando. He vivido muchas experiencias dentro de un autobús: me he reencontrado con viejos amigos, he leído novelas excepcionales, he conocido gente extrañísima e, incluso, he hecho el amor en el autobús (en la parte de atrás, que es la única útil a tal propósito). He pintado y he escrito. Me he liado algún que otro porro también. Sin embargo, nunca había escuchado una historia tan asombrosa como la que contó el otro día un hombre sentado delante de mí, a dos filas de distancia.

Aquel día olvidé llevarme un libro para leer durante el trayecto. Temía que el viaje fuese interminable y me puse manos a la obra. Primero, como explorando un territorio desconocido, miré por la ventanilla. Campos secos y fábricas de muebles. Campo-fábrica-fábrica-fábrica-campo-fábrica = aburrimiento. Después, garabateé un retrato-robot en las Notas del IPhone, que titulé “Ale-goria”; y cuando lo terminé, súbitamente, una conversación llamó mi atención. El conductor del autobús comentaba batallitas con el pasajero de la primera fila. No se conocían, pero no era ésta la primera vez que coincidían.

Nacidos en los sesenta, de adolescentes salieron por las mismas discotecas: el Señora Julieta de Getafe, la Ribera (que antes de discoteca fue sala de cine) y el Boomerang, donde las cuadrillas solían ir a calentarse el morro. La mili la hicieron en el mismo pueblo de Alicante, cada uno en una compañía diferente. Ambos trabajaron en la misma comercializadora de pescado, en Yuncos, un pueblito de Toledo. Incluso, ambos conocían a Marciano, uno de los primeros en poner un bar de tapas, dominó y vermú en ese mismo pueblito. Ninguno de ellos sabía si Marciano seguía vivo. “Es de la quinta de mi padre, así que, si vive, tendrá unos noventa años”, apuntó el conductor. “Mala hierba nunca muere”, respondió el pasajero. “Hace años, te hablo de cuando tenía yo veintipocos, me mandó mi jefe a reclamarle una deuda. Me dijo que si la conseguía, me la quedase, así que al bar que fui con un amigo. Jaja, salimos pitando en el Renault 8. Y Marciano detrás gritando ¡¡¡necesito cuatro como vosotros!!!”, siguió el pasajero.

Al final del trayecto se unieron dos mujeres cincuentonas a la conversación. Los cuatro empezaron a hablar de política, desconecté y apunté todos los datos importantes en las Notas del IPhone. Pero, ¡olvidaba el más importante! Al bajar del autobús, asalté al carretillero (ya no era pasajero) y le pregunté cómo se llamaba el hombre al que fue a reclamar la deuda. Tras un instante de desconcierto, me dijo: “…Marciano. ¿Qué pasa? ¿le conoces?”.