Mala herba nunca morre

La primera vez que vi a Jabois no le conocía, y Ana Pastor, la periodista, me recomendó Blanco como la leche. Yo pensaba que ese libro contaba la historia de un niño sin melanina. Y es verdad, aunque no lo he leído. Lo que más me gusta de los libros es imaginármelos.

De aquel día recuerdo que a mi lado una chica sostenía la revista que Jabois y Ana Pastor presentaban junto a Enric González: el primer número de la Jot Down. En la portada Tony Soprano abrazaba unos patitos de goma. “¿Y este quién es? Tía, el prota de Los Soprano. Ams, ni idea”. Por entonces, que alguien no conociese a Tony Soprano me parecía tan pecado como meter la mano en el cepillo y no arrepentirme al instante.

De camino a casa, en el tren, se me quedó titilando la imagen de un escritor roquero que andaba desafiando las buenas maneras. Y, claro, me entraron unas ganas insoportables de ser como él. El primer paso fue leerme todas sus novelas. No me costó mucho esa divertidísima aventura, que fue tan paralizante como recibir un tiro a quemarropa al leer La estación violenta.

Rebobinando el tiempo a marchas forzadas, hace un año le busqué por toda la Feria para que me firmase el libro que se convirtió en película. Al llegar, me retiré como un ejército derrotado porque él ya se había ido. Despechado, me comí el libro página a página. En mi cabeza era tan espectacular como que un pirata se tragase la llave del cofre del tesoro. Si no lo podía leer nadie, pensaba, tampoco yo.

Ahora nos hemos reconciliado. Él ha publicado un libro que no he leído -ya he dicho que a mí lo que me gusta de los libros es imaginármelos-. Así que sepan que lo poco que queda, lo escribiré sin conocimiento de causa.

Malaherba trata de un niño, Tambu, que apenas sabe nada del mundo, aunque seguirá siendo un niño cuando lo sepa todo. No hay mayor desgracia que ser niño; aún más si los mayores te consideran un niño tonto, que es lo que les pasa a Tambu y a su amigo Elvis. Ambos van por la vida cayéndose a cada paso, hasta que llegan al precipicio y, como no podría ser de otra forma, se lanzan. Mientras caen, Jabois escribe la novela; y al chocar contra el suelo, los separa. La vida es tan real que a veces parece un sueño.

Escribía JA Montano en The Objective que tener talento es como recibir una carantoña de tu abuela. Todos piensan que lo tienen hasta que quien se acerca a mirar tu reciente cara sobre la cuna no es un familiar. Ahí se rompe la magia y, entonces, te das cuentas que eres del montón que dicho sea de paso no está tan mal. En esa orilla nos quedamos todos y en la otra, cómo no, Jabois.

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Reseña narrativa Pedro Mairal

Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) es una de las plumas argentinas más leídas de las letras hispanoamericanas. En España la editorial Libros del Asteroide ha publicado sus libros La uruguaya, Una noche con Sabrina Love Maniobras de evasión. Mairal combina la poesía con el guion cinematográfico, la crónica periodística y la narrativa. Sin embargo, él no se considera escritor. De hecho, dice estar sentimentalmente más cerca de los poetas.

Pedro Mairal nació el 27 de septiembre en la provincia de Buenos Aires en el seno de una familia sin tradición artística. En la universidad se matriculó en la carrera de  Medicina, pero al cabo de un año decidió abandonarla sin comunicárselo a nadie, ni siquiera a sus padres. Para tejer una coartada creíble, Mairal siguió acudiendo al café de la universidad y ahí empezó a leer cuentos de Borges y de Cortázar. Más tarde, se matriculó y graduó en Letras. A la vez que estudiaba Letras en la Universidad del Salvador, publicaba sus primeras poesías en el suplemento literario del diario La Prensa. Durante este tiempo recibió diferentes premios de poesía hasta que en 1998 recibió el premio de novela Clarín por la novela Una noche con Sabrina Love. El propio escritor suele comentar que el éxito desmesurado le agobió de tal manera que no le quedó más remedio que recluirse y parar por un tiempo. Al menos de escribir novelas. Y eso fue lo que hizo: escribió los poemas de Consumidor final y algunos otros cuentos.

Una noche con Sabrina Love es la historia del ganador de una noche con la pornstar más famosa de la televisión. La propia peripecia del viaje es la cristalización de las esperanzas y desventuras de la existencia. Como apunte vertebrador de la obra de Mairal, el viaje aparece como símbolo de evolución personal y moral. El escritor argentino en entrevista con Carlos Barragán para El oficio de escritor comenta que «el movimiento siempre es metáfora de algo en la literatura. Es muy fácil de aprovechar porque, en realidad, lo que está pasando es la película de la vida de ese personaje». La periodista Silvia Schwarzböck definió perfectamente Una noche con Sabrina Love como «una historia simple, potente y veloz que tiene dieciocho escenas que se leen de un solo trago y un estilo compacto, preciso, sin demagogias: sujeto, verbo y predicado; adjetivos simples; diálogos secos».

Siete años más tarde, se publicó El año del desierto. Esta es su novela más larga y, quizá, también la más extraña. Desde luego es la única a la que la no envuelve el hilo rojo de las tramas mairalenses. El año del desierto cuenta la historia de María Valdés Neylan, secretaria de una gran empresa del centro financiero de Buenos Aires. La narración avanza en las páginas pero retrocede en el tiempo, como narración en rewind. Es una digresión que empieza mostrando a la protagonista en base a su condición económica –su identidad es producto del trabajo que desempeña-  para alojarla, al final del texto, como miembro de una tribu primitiva. En este sentido, Pedro Mairal en entrevista a Diario 12 resalta dos ideas fundamentales para comprender la novela: la primera, que la única posibilidad era que la protagonista fuese mujer porque en caso contrario las posibilidades narrativas disminuirían; y la segunda, que el texto se volvía cada vez más sencillo de escribir a medida que se rebobina ya que «lo más difícil es hablar de tu propia época».

En el año 2008 se publicó la novela Salvatierra. La influencia primera de esta historia es la deformación de una historia real. Cuenta Mairal que la idea le vino al ver un documental sobre Pollock, en el que se cuenta como el artista se bloqueó al ser considerado el «mejor pintor americano de la historia». Al argumento se le da la vuelta y aparece Salvatierra, que pinta para reafirmar su existencia. En esta novela el autor vuelve sobre la idea de viaje como evolución moral, a la vez que abre las puertas de su imaginario artístico. Ciertamente, las circunstancias de la trama le son favorables. Salvatierra es un pintor freak que queda mudo de chiquito a causa de un accidente. Todo el universo que se le va acumulando dentro de la boca explota en una obra amplísima, compuesta por 60 rollos de tela. Los cuadros son una autobiografía que, a medida que se desenrollan, remueven el pasado.  Mairal expone en esta novela su idea de arte como disciplina múltiple, continua e ininterrumpida, como las telas sin bordes del protagonista. A pesar de que Salvatierra se dedica exclusivamente a la pintura, su manera de entenderla, sin límites y mediante el apropio de lo circundante, nos revela una condición del propio autor: la de que la creación inunda varias áreas.

Salvatierra es, asimismo, una mirada sobre los sueños y su amplitud. Sobre las telas se desarrolla una historia paralela que representa las esperanzas y los miedos del pintor. Algunas imágenes son especialmente ilustrativas: las hormigas que suben por la pierna de la niña o la fiesta que deviene en batalla. Pedro Mairal afloja la pétrea aspereza con la que lima sus influencias y, por primera vez, reconocemos las voces de algunos escritores lationamericanos. A este propósito, comenta Mairal que su «generación no tuvo que matar a sus padres literarios porque ya los habían matado o silenciado los militares. Mucha gente nacida alrededor de los 70 no tuvo padres literarios sino abuelos como Borges, Cortázar, Bioy o Arlt. Y uno con los abuelos no tiene conflictos».

Ocho año más tarde, en el año 2016, se publicó La uruguaya. Con esta novela Pedro Mairal recibió los elogios unánimes del público y de la crítica. Tanto es así que la revista mexicana Letras Libres llegó a considerarla la novela perfecta. Pero, ¿existe la novela perfecta? En todo caso, existe la apariencia de perfección de la que, sin lugar a dudas, La uruguaya está muy cerca. Trama, ritmo y narración se ensamblan de tal manera que parece que estuviesen predestinadas a ir de la mano. Por otra parte, esta novela recupera la idea de viaje como evolución moral, que como se ha dicho es la piedra de toque de todas las historias de Mairal; y aparece con más fuerza el componente sexual. Esta vez es un deseo sexual maduro, infiel y, por tanto, más potente. Lucas Pereyra, el protagonista, sale de viaje hacia Montevideo en busca de una amiga que conoció en un festival literario. Tras de sí deja a su mujer y a su hijo. El leitmotiv del libro es básico. La complejidad reside en la forma, no el fondo. El diálogo, en el que se escupen miedos y deseos, que mantiene en la distancia el protagonista con su mujer, es la atmósfera que rodea la historia. Lo mismo que envuelve la trama es lo que complica su adaptación al cine.

La uruguaya se alinea con las novelas que transcurren a lo largo de un día, al estilo del Ulises de Joyce. En un día cabe la vida entera. La existencia humana tiene tal nivel de complejidad que si se observase todo con lupa, retrocediendo al pasado y adelantándonos al futuro, se podría escribir sobre la vida misma. En definitiva, la vida es corta pero un día es muy largo. Asimismo, en la novela se entiende el presente como una mezcla de realidad y de deseo, como un juego de orillas. La historia se desenreda a medida que la luz resplandece sobre las aguas de Montevideo. Así, La uruguaya hace de la fantasía el motor de la acción. Tanto es así que, siguiendo a Rilke, el protagonista no se enamora de la chica uruguaya, Guerra, sino de la idea que se ha hecho de ella.

Además de estos cinco libros, el escritor argentino ha publicado El gran surubí, una novela escrita en sonetos. Se ha decidido no incluir esta novela porque se considera que no comparte con las demás un elemento capital: las posibilidades de la narrativa, que permiten superar los silencios obligatorios que impone la poesía allí donde la forma o la métrica no cubren.

De niño, Pedro Mairal leía biografías de escritores. Así, aprendía a sobrevivir siendo uno de ellos, adelantándose a futuros acontecimientos. El refranero español tiene una expresión lindísima que viene al pelo: escarmentar en cabeza ajena. Y así ha sido, a pesar de que su unánime éxito me haga creer que con los libros le basta y le sobra. Desde luego, nos encontramos ante una de las plumas hispanoamericanas más valiosas. Leer a Mairal es leer fácil y bueno. Como dicen los futboleros: cortita y al pie.

 

Este artículo se ha publicado en la revista especializada Oculta Lit. con el título Pedro Mairal: la disrupción del viaje.

Entrevista a Mariana Enríquez

Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1973) pertenece a una generación de escritores argentinos que se leen con gusto en ambas orillas del Atlántico. En Anagrama ha publicado dos libros de cuentos, que se cocinan a fuego lento sobre un comal, y una biografía de Silvina Ocampo. Con Este es el mar, su última novela, nos abre las puertas de su mundo rocanrolero y adolescente.

 

Tu primer contacto serio con la literatura fue cuando te regalaron Cementerio de animales de Stephen King. Tenías 11 años.

Sí, ya venía leyendo mucha literatura antes de ese libro. El pesimismo de Cementerio de animales me impactó incluso físicamente. Me dio miedo. Creo que es el libro más puro de Stephen King. Y además me pareció un libro más accesible que la literatura que yo estaba leyendo en ese momento. A los once años ya no leía literatura para chicos. Alguna cosa juvenil, como Michael Ende, me gustaba mucho, pero ya había dejado de leer los clásicos juveniles. Leía mucho a las hermanas Brontë y mucha poesía decadentista, como Baudelaire y Rimbaud. Me llamaban la atención los escritores con una vida de aventuras. Esa era la sensibilidad que a mí me interesaba.

Si tengo que pensar retrospectivamente por qué Cementerio de animales fue importante, creo que lo es porque fue el primer libro que me animó a escribir. Los anteriores libros me habían dado una sensación más de lectora.

Efectivamente, todo impulso narrativo surge de la necesidad de contar algo

Para mí la experiencia de la lectura y de la escritura son un espejo. No entiendo a los escritores que tratan de no leer para no contaminarse. Los escritores de mi generación estamos muy acostumbrados a la contaminación. Todos estamos muy influenciados por el comic, por el cine; lo que a mí más me influencia es la música. Los consumos culturales son tan importantes para la formación de la escritura como el consumo de literatura. Y creo que es una cosa bastante generacional porque empieza a haber gente criada de esa manera: con muchísimos estímulos y con muchísima capacidad de atención y de dispersión al mismo tiempo.

Leer y escribir me parecen parte del mismo proceso. No lo veo como algo separado.

A pesar de reconocer la contaminación, los escritores suelen ser muy reacios a reconocer sus influencias

A mí no me molesta reconocer mis influencias. Ocurre que en general no se notan. Si yo tuviese que hablar de influencias en mi escritura, te diría que son muy eclécticas. A mí me gusta mucho Manuel Puig, pero su influencia no es fácil de encontrar en lo que yo escribo. Me gusta mucho la literatura norteamericana, como Faulkner o Flanney O´Connor, pero también me gusta mucho Cormac McCarthy, y no creo que se puedan encontrar sus influencias en lo que escribo.

Mis influencias suelen ser un poco más oblicuas y, a lo mejor, las que se ven en el texto entraron de una manera diferente, ya filtradas. Una vez me dijo Juan Forn que el humor del cuento Carne sobre nosotras era muy parecido al característico de Silvina Ocampo. A mí eso me extraña, pero lo puedo llegar a entender. A veces la influencia no es la que una quisiera. A mí me gustaría escribir como Faulkner.

Muchas veces es el propio lector el que acaba imponiendo las influencias al escritor. Quizá para hacerle deudor de una herencia o de unas referencias concretas

Sí, a mí eso me ocurre con Roberto Bolaño. Por eso es el escritor latinoamericano más importante de los últimos treinta años a nivel internacional. A mí me gusta mucho Bolaño, pero si hay un escritor que no me influencia es él porque tiene un mundo poético y metaliterario que, como escritora, no me interesa. Creo que lo único que, más o menos, me emparenta con Roberto Bolaño es la preocupación por la política. También creo que la preocupación por la política es muy latinoamericana. La política es bastante pregnante en nuestra vida cotidiana. Es muy raro encontrar un escritor latinoamericano apolítico. No noto tanto la influencia de Bolaño como el parentesco con él.

Has dicho que “el periodismo tiene responsabilidad social, pero la literatura es completamente irresponsable”

Como soy periodista y a la vez escritora noto que esa es la diferencia más fundamental y básica. Y más en este momento del periodismo, que creo que es uno de los momentos más estrafalariamente malos de su historia. No solo por las fake news, también por el nivel de opinión por sobredatos. El periodismo ha llegado a tener algo “de juguetón”, que no debería ser así pues el periodismo tiene muchísimo poder.

Esto no ocurre con la literatura. Yo creo firmemente en la irresponsabilidad de la literatura. No me gusta que la literatura sea leída en base a parámetros morales. Si a mí el día de mañana me sale una novela con un narrador machista, si eso es lo que yo tengo ganas de escribir y si eso es lo que yo tengo que decir es ese momento porque estoy pensando en la violencia de los varones, lo voy a hacer. O sea, no creo que deba ser juzgada en esos términos y tampoco creo que se deba juzgar la vida privada del autor. Creo que la vida artística trasciende la vida privada. Estas son conversaciones muy recurrentes en la actualidad. Me parece sumamente peligroso que en nombre del cuidado se fomente la autocensura.

A pesar de la mencionada separación teórica entre periodismo y literatura, tus cuentos tienen cierto recorrido periodístico. Me viene a la cabeza, por ejemplo, el cuento El chico sucio

Me gusta la crónica y creo que es muy útil para hacer la historia verosímil. La crónica es la manera de contar la realidad. A mí me interesa esa distancia entre lo verosímil y lo fantástico. No tenía ganas de ingresar al cuento con un registro fantástico o literario, sino más bien con un registro cercano a la crónica y, después, erosionar la realidad desde ahí. Un choque de narrativas, digamos. De eso me di cuenta más tarde. Obviamente, cuando escribo lo hago de una manera más intuitiva que reflexiva.

Tanto en Bajar es lo peor como en Cómo desaparecer completamente, tus dos primeras novelas, los narradores son varones. Comentas que, hasta que llegaste al cuento, todos los personajes femeninos te salían demasiado parecidos a ti misma

Eso es cierto. Empecé a escribir cuentos por una cuestión técnica. Previamente había escrito dos novelas con narradores masculinos. No me gustaban mis personajes femeninos, se parecían demasiado a mí y no me convencían. Pensé que en el cuento, al ser más corto, sería más fácil controlar esa voz. Me propuse hacer una cosa que no había hecho hasta entonces: escribir un cuento fantástico con voz femenina. Y funcionó.

Lo extraño fue que una imposibilidad técnica acabó sirviéndome para hablar de cuestiones sociales y políticas que me interesaban y que desde el género fantástico no había trabajado apenas. Tenía muchas ganas de hacerlo y no le encontraba la vuelta. Y se la encontré en los cuentos.

Dices que es fundamental que los cuentos sean rápidos y que los finales que no estén manoseados

No me gustan los cuentos con un final cerrado. Me parece que son una antigüedad. Explicarle todo al lector, tranquilizarle dándole un final cerrado que no tiene nada que ver con su experiencia vital, me parece deshonesto. El estado de existencia más honesto que podemos admitir es la incertidumbre. Me parece condescendiente la literatura que trata de explicarlo todo; salvo que estemos ante textos de fantasía épica o de ciencia ficción que sí creo que deben contener eso de que hablamos porque, efectivamente, responden a otras expectativas; además de la proeza técnica del escritor que es capaz de cerrar toda la trama.

Chicos que vuelven forma parte de Los peligros de fumar en la cama que años más tarde se publicó como novela corta. ¿Por qué unos cuentos reclaman extenderse y otros no?

Publiqué ese cuento sabiendo que tenía más capas, que estaba incompleto. Sabía que en su primera versión era un cuento que explicaba mucho menos las vidas de los chicos, que explicaba mucho menos toda la…

¡La relación entre el periodista y la funcionaria de servicios sociales!

(Risas) Sí. Yo sabía que había más en esa historia, pero decidí publicarlo como un cuento más concreto y fantástico. Más tarde, cuando lo extendí se convirtió en un cuento en la línea de Las cosas que perdimos en el fuego. Es decir, más decididamente cercano al registro de la crónica realista y periodística. Todo ello sumado al hecho incomprensible de chicos que desaparecen y, que cuando vuelven varios años después, lo hacen exactamente igual. En el original esa cuestión estaba un poco más balanceada. Cuando decidí extenderlo ahondé en la cuestión social: ¿de dónde venían esos chicos?, ¿qué les había ocurrido?

El hilo conductor que conecta todos tus cuentos es la amenaza de un peligro de ultratumba que termina removiendo el presente de los personajes

El tema del pasado como fantasma y como herencia imposible de sacarse de encima es un tema que me interesa literaria y políticamente. Me parece que mucho de los cuentos refieren a la dictadura argentina y eso tiene que ver con que yo crecí en la dictadura argentina. Ahí tengo una mezcla de sensibilidad terrorífica que, por un lado, viene de la literatura que estaba leyendo en aquella época y, por otro lado, del terror absolutamente real e inescapable de aquellos años.

La época de la dictadura se vivió de manera especial en mi casa. Mis padres eran conscientes de lo que ocurría, pero no eran militantes. Pasé mi infancia en una casa en permanente tensión, como muchas otras. Mis padres eran muy abiertos y conversaban sobre el tema. Por supuesto, me advertían de que  no contase nada de lo que les escuchaba decir. Aquello fue un secreto horrible que cargué durante mucho tiempo. Sentí el horror muy cerca.

El pasado, cuando es traumático socialmente, como lo fue durante la dictadura, es imposible sacárselo de encima. Evocar esa realidad me resultaba fácil, incluso por el lenguaje de la propia dictadura. Para los argentinos, la dictadura es un trauma imposible de resolver, una cicatriz que no sana.

Tu literatura tiene un alto contenido político. Alguien camina sobre tu tumba pone el foco sobre el componente liberador del epitafio en una época en que la norma era la fosa común

En esa fascinación hay una mezcla de todo lo que venimos hablando. Por un lado, los cementerios me atraen por una sensibilidad que viene de lo gótico y del decadentismo; mis lecturas de los autores morbosos del s. XIX. Por ejemplo, Mary Shelly escribiendo sobre la tumba de su madre. Todo eso es la parte estética que me fascinaba y aún hoy me fascina. Sin embargo, yo no quería que esa parte estética lo copase todo. No quería que el libro acabase siendo las crónicas de una flanneur de cementerios. Entonces, me di cuenta de que la idea de una tumba con un epitafio y un nombre me producía un alivio personal y, además, producía un alivio social. Esas ceremonias eran muy dolorosas, pero también muy saludables. Era como decir al fantasma «bueno, lo arreglé».

El cuento de la Angelita termina con un final abierto porque la protagonista no resuelve el problema de los huesos del bebé fantasma. Todo ello tiene un montón de ecos con la cuestiones de las fosas comunes, que es un problema, obviamente, mundial. Creo que caminamos sobre huesos de asesinados en nuestras guerras civiles. Esto en Latinoamérica está muy presente.

Pasando a tu última novela, en Este es el mar analizas la adolescencia como rito de paso

Escribí Este el mar al mismo tiempo que Las cosas que perdimos en el fuego. Me interesa el fenómeno fan, el fandom, como formación social de la que incluso yo participo; además del rock, que también me interesa muchísimo. Pertenezco a la última generación que escuchaba rock con algún tipo de significado. Cuando yo tenía veinte años, el rock era una experiencia juvenil. La parte mística del rock ha desaparecido. Por supuesto, el rock como género sigue vivo. Hasta Noel Gallagher sigue tocando, no sé por qué.

Sin olvidar el papel de las mujeres en el crecimiento de bandas inolvidables como Nirvana o los Rolling Stones

Courtney Love es necesaria para Nirvana, como lo es Marianne Faithfull para los Rolling. Además son todas mujeres talentosas, y esto se está desvelando ahora. El rock es algo muy masculino. Yo hice durante muchos años crítica musical y la mayoría de mis compañeros eran varones. Al menos en la Argentina. Recuerdo un concierto de Rolling Stones, la segunda vez que vinieron acá, y de veinticinco periodistas invitados, sólo dos éramos mujeres. Dos mujeres que sabían y que eran más fans que todos los tipos que estaban allí.

Todas las chicas que formábamos parte de ese fenómeno queríamos ser como nuestros ídolos, no queríamos ser sus compañeras. Todas en nuestras habitaciones nos vestíamos como Bowie, bailábamos como Jagger. Qué sé yo. Hay algo absolutamente andrógino en la recepción del fenómeno. Es un malentendido pensar que la relación que establecen las mujeres con los músicos se basa en querer estar con ellos; en realidad, se basa en querer ser ellos. A mí no me gusta llamar a estas chicas groupies. No. Son fans, son devotas.

En La hermana menor: un retrato de Silvina Ocampo, la biografía de la escritora argentina, he apreciado una intención similar: devolver a Silvina al lugar que se merece

Silvina también era la tercera necesaria entre Bioy y Borges porque era muy independiente. Las dos Ocampo eran muy particulares, pero Victoria había decidido ser una intelectual pública y tener una función que correspondiese a su estatus. Silvina, en cambio, no. Que una mujer de su clase no diese cenas, no fuese a los salones, no se vistiese con elegancia era intensamente desafiante. Inlcuso a Borges que era una persona muy conservadora, le debió parecer una rebelde. Además, Silvina leía escritores franceses que ellos odiaban; leía a poetas que ellos consideraban menores. Aunque ellos siguieran en su mundo, había una tercera voz no obediente que, de alguna manera, los negaba.

En la biografía de Borges escrita por Bioy, cuando aparece Silvina, siempre lo hace desde una posición intrigante y contestataria. Igualmente creo que el lugar tercero que ocupó Silvina en esa dupla, le dificultó llegar a ser tan conocida. A la vez pienso que ese lugar un poco lateral, un poco secreto, le sirvió para escribir sin que la vieran. Silvina no fue muy leída por sus contemporáneos; con el tiempo se leyó con más seriedad dentro de los círculos académicos. Esto le permitió una imaginación muy salvaje que, si uno lee sus cuentos, nota que es vanguardista. El ojo público no estaba puesto sobre ella, porque ella era la periférica. Incluso dentro de su familia, pues Victoria era la mujer famosa e importante.

Al contar la biografía de Silvina quería reclamar que esos lugares un poco recónditos no son siempre lugares de víctimas. Pueden serlo, por supuesto, pero en este caso no lo fueron. Ahí Silvina vivió y sobrevivió, y pudo escribir cosas más interesantes de las que estaban escribiendo los autores canónicos.

Silvia Sesé, Directora Editorial de Anagrama, en una entrevista para Jot Down expresaba que “nuestra obligación es también ofender un poco, la tuya también, y la de los autores ofender, ofender a quien haga falta ofender”

Sí, entiendo por dónde va Silvia. Creo que lo que ella dice es que no hay que ser complaciente. Ofender se ha convertido en sinónimo de pensar, de impulsar un pensamiento crítico. Al haber tantos microclimas diferentes cada vez es más difícil escuchar opiniones distintas. A veces el sacudón de la ofensa es bueno porque te enoja y te irrita, y te obliga al salir del lugar confortable.

 

Esta entrevista ha sido publicado en la revista (versión digital y en papel) de la Universidad de México con el título “La escritura como erosión de la realidad

Declaraciones controvertidas

Hay en el horror cierta tendencia al olvido. Los episodios traumáticos se vuelven borrosos con el tiempo hasta que se olvidan en alguna región inaccesible de la memoria. Esta observable circunstancia de la vida puede pecar de hipocresía, a pesar de que la una y la otra transitan senderos diferentes. Si un judío perseguido por el nazismo evitase pronunciarse sobre el Holocausto y los campos de concentración sería tachado – a mayor inri por sus similares – de desmemoriado.

Esta paradójica situación definió los contornos de dos de los pensadores más importantes del siglo XX: Hannah Arendt e Isaiah Berlin. El informe de la filósofa alemana sobre el juicio Eichmann despertó la enemistad del pueblo judío, a quien ella pertenecía y había defendido. Por su parte, durante los años de mayor fertilidad de Isaiah Berlin algunos de sus amigos más cercanos le reprendieron por la tibieza con que condenaba el nazismo.

Hannah Arendt buscó razones que explicasen el horror. Y las encontró, al menos en apariencia. La banalidad del mal es una explicación apresurada y angustiosa por explicar las causas de una desgracia inimaginable. Esto mismo puede aplicarse a Isaiah Berlin, quien no mencionó la aniquilación mecánica de los judíos hasta que fue evidente. La realidad era tan horrible que girar la cabeza para contemplarla conmovía hasta la parálisis.

El tiempo ha sido cortés con las ideas principales de ambos autores. La filósofa alemana es referencia entre quienes estudian el totalitarismo y el profesor de Oxford es el pensador liberal más importante del pasado siglo. Sin embargo, como es sabido por todos, es posible destruir en un día lo edificado durante miles.

Reseña “Retrato del libertino” de Antonio Escohotado

Guardo subrayada una frase muy oportuna dentro de un libro firmado por Antonio Escohotado. La frase reza que de la piel para dentro empieza la exclusiva jurisdicción del sujeto, allí donde nadie más que él es soberano. Me ocurre que cada vez que leo al profesor me encuentro con la misma frase o, al menos, con una parecida. La  paradoja tiene su explicación y es que si a algo ha dedicado sus esfuerzos Antonio Escohotado es a defender el valor de la libertad. Además, ¿no cobra la palabra libertad, junto al valor, un significado superior, como aventura, afrenta y batalla? («la libertad es lo menos gratuito de este mundo, y si no se conquista cotidianamente lleva en seguida a situaciones de agravio y servidumbre»). Exégesis magnífica, Retrato del libertino profundiza en una parcela de pensamiento que es en la que el profesor más cómodo se siente: la defensa de la dignidad humana.

Empecemos en Roma. Pueblo supersticioso mostró durante siglos laica tolerancia respecto a cuestiones morales. Fue en el siglo II d.C. cuando el monumental edificio de la libertad de conciencia se empezó a tambalear, bajo el mando del emperador Nerón. El edicto contra los maniqueos promulgado por Diocleciano hizo más sangrante la persecución del Error. Para entonces los crímenes sin víctima, aquellos en los que el bien jurídico lesionado es propiedad del sujeto activo, han transmutado en crímenes contra el «género humano». La moral pública se protege del Error construyendo una Verdad que castiga los crímenes de lesa majestad.

La caza de brujas y la acusación infundada son lugares comunes en las sociedades occidentales. Los estadounidenses alarmados que en el siglo XIX censuraron por obscenas algunas representaciones son los mismos que defendieron la Volstead Act o Ley Seca y que, presumiblemente, llenaron sus bolsillos con el contrabando de licores destilados. Más tarde, fue la Food and Drug Administration quien censuró el consumo de sustancias milenarias. El chivo expiatorio fue alternando y consolidando, así, los lazos existentes entre las clases dirigentes. Macabramente carlschmittiano el argumento del nosotros contra ellos pareció funcionar con la precisión de un reloj de cuco.

El prólogo de Nuestro derecho a las drogas de Thomas Szasz corre a cargo del propio Antonio Escohotado. Síntesis brillante de algunas ideas vertidas sobre Retrato del libertino esboza el dilema de la prohibición-legalización. El juego y la droga sirven como ejemplos a la cuestión. ¿Puede el Estado prohibir algo constante en la condición humana? La prohibición estigmatiza al consumidor y abre una brecha entre ricos y pobres. De otro lado, ¿puede el Estado legalizar amparándose en un derecho que no tiene? El Estado no es competente para «legislar permisos», pues «no cabe dentro de sus prerrogativas ni prohibir ni legalizar algo muy anterior a su aparición». A mayor abundamiento, legalizar ambas o una de las actividades, supondría un encarecimiento del producto, sumándose el Estado como segundo empresario.

La libertad no tiene límites y se defiende incluso en el lecho de muerte. La perspectiva de un final calmado y feliz, con la familia a los pies de la cama, ayudaría a superar el tan extendido pavor al deceso. La fe en el Progreso relevó en el s. XVIII a la fe en Dios, con lo que los sacerdotes de sotana negra son ahora médicos de bata blanca. De nuevo una defensa incondicional de la autonomía es oportuna. Si toda dolencia es psicosomática, no hay mejor alternativa que mantener el ánimo hasta el último aliento para garantizar un «recto morir».

La libertad conlleva responsabilidad; y la responsabilidad es un desenvolverse consciente. El acercamiento elegante al vicio abre las puertas de la percepción y enseña y oculta, en un juego de luces y sombras, la felicidad caminado de la mano junto al riesgo. La sobria ebritas que defendieron los antiguos no invita a rechazar a Baco, sino a navegar sus profundidades con respeto y sin perder de vista el timón.

 

Este texto ha sido publicado en la web La Emboscadura con el título “Un tratado del vicio“

Reseña “Los sentimientos encontrados: diario de un poeta y editor” de Kepa Murua

Kepa Murua (Zarautz, 1962) es un hombre comprometido con el Arte, a quien le debe todo a pesar haberlo mimado como pocos. A sus numerosísimos poemarios y varias novelas les acompaña la revista Luke de creación contemporánea, que da voz a autores consagrados y a autores noveles. Asimismo, durante quince años (1996 – 2011) dirigió con tremendo buen gusto la editorial Bassarai, que se hizo un nombre dentro de los círculos especializados y que, como dice el propio Kepa, se adelantó a su tiempo, apostando por libros de vanguardia. Ambas identidades, la de poeta y la de editor, conforman una personalidad completa que mira con atención a ambos lados de la mesa para no perder el hilo de la conversación.

Hace seis años se publicó “Los pasos inciertos (1996 – 2004): memorias de un poeta metido a editor” (ed. Milrazones). En sus casi trescientas páginas se asiste al nacimiento de la editorial Bassarai y de la revista Luke, que son ya proyectos consolidados en “Los sentimientos encontrados (2005 – 2007): diario de un poeta y editor” (ed. Cálamo). Se han escrito ríos de tinta explicando el auge de los diarios, género que en España apenas se había cultivado hasta fechas muy recientes. Una de ellas apunta a que el público ahora demanda textos más eclécticos, a lo que se adapta mejor el diario que otros géneros. Otra causa apunta al diario como ejercicio introspectivo que ayuda a ordenar los sentimientos del individuo aislado en el marco de una sociedad frenética y posmoderna. Sin embargo, la explicación más completa, y esto el autor lo ha entendido mejor que nadie, reside en el pacto de verdad que asume el escritor con los lectores, que se materializa en la necesidad de no inventar y no fantasear. En este sentido, el respeto con el que Kepa trata al lector invade ambas esferas: como poeta nos muestra sus miedos y como editor sabe que tenemos la última palabra.

Con los diarios de Kepa Murua se accede a la intimidad del trabajo editorial de un emprendedor que apuesta por la literatura periférica. Es un testimonio muy útil para quienes quieran conocer de primera mano el surgimiento de las decenas de editoriales independientes que –aún hoy- permanecen firmes contra viento y marea. Kepa encuentra la razón «de este renacer de las editoriales independientes en un cambio generacional, en una renovación cultural que cada cierto tiempo acontece en todos los países». El editor independiente debe mantener la ilusión y la confianza en su proyecto a pesar de las tremendas dificultades que impone no pertenecer al círculo de distribución mayoritario. El mundo de la edición es una pescadilla que se muerde la cola.

La segunda parte de los diarios plantea un juego desde el principio. Del título se extraen dos lecturas: los sentimientos encontrados como sentimientos reconocidos (identificados, si se quiere) por medio de la meditación sosegada producto de la escritura; y los sentimientos encontrados como sentimientos en disputa o contradictorios. Ambos significados enlazan con la naturaleza propia del hombre: el deslumbramiento producto de la reflexión, así como la lucha constante entre dos pulsiones en conflicto.

Kepa Murua nos invita a bucear en su día a día, haciéndonos partícipes del enfrentamiento entre ambas identidades. Estos son «unos diarios para recordar, para no olvidar, que muestra la intimidad de un poeta y la trastienda de una editorial» El propio diarista así nos los cuenta: «la diferencia entre un editor y un escritor es clara: el editor tiene un oficio con más decepciones que alegrías, y el escritor obtiene de su oficio solitario más alegrías que decepciones». El poeta se apoya en el editor y el editor aprende del poeta. Pero, ¿conoce cada personalidad sus límites? Ahí es donde el escritor se vuelca y, en cierto modo, se ahoga: «siento que mi trabajo de editor me quita mucho tiempo para la escritura». Así, son recurrentes las anotaciones en las que Kepa observa un mismo prisma desde distintos ángulos: como poeta, como editor y como hombre («el editor que no se cree su papel, el que no se cree su discurso, es un farsante. El poeta que se cree lo que hace es un auténtico escritor. El hombre que se cree su existencia, un verdadero poeta»).

A pesar del fatigoso esfuerzo con el que se ha de empeñar un editor independiente, en los diarios aún hay tiempo para las relaciones sentimentales y las escapadas. Es sorprendente la sinceridad con la que Kepa describe la ruptura con Mi. y los episodios de desesperación que asolan a Dé. Estos diarios son, del mismo modo, un libro de viajes en el que el autor nos recomienda paseos, museos y salas de baile en Londres, Buenos Aires, Canadá y Brasil. Con un estilo sobrio y directo que compagina con disertaciones sobre poesía, novela y ensayo –algunas entradas son verdaderos testimonios académicos -, Kepa mezcla con maestría las diferentes caras de una misma persona.

Los diarios de este escritor guipuzcoano son de extraordinario interés para quienes quieran conocer la industria del libro. Además, en sus páginas se maneja con maestría el relato, apoyándose en una «economía verbal que busca el volumen justo para que la atención se centre en la calidad de la voz» porque «en la escritura nada es casual, todo es consciencia». Kepa es un narrador incómodo que accede a la profundidad de las cosas y nos las enseña. Es un regalo que comparte la experiencia de alguien que se ha ganado el respeto por derecho propio: un artesano del libro que no debe nada a nadie.

 

Esta reseña está publicada asimismo en la página web de Kepa Murua.

Reseña de “Rameras y esposas: cuatro mitos sobre sexo y deber” de Antonio Escohotado

En el año 1978 Antonio Escohotado publicó Historias de familia: cuatro mitos sobre sexo y deber (Editorial Anagrama). Quince años más tarde, la misma editorial lo reeditó bajo el título Rameras y esposas: cuatro mitos sobre sexo y deber. El cambio de título se debió a, en palabras de Escohotado, las «certezas que el tiempo había ido puliendo y cambiando» y a que «su consideración proyectase luces y sombras bastantes distintas» a la primera versión del libro. Como obliga la honestidad intelectual, si los hechos hacen tambalear las afirmaciones, lo mejor es revisitar los fundamentos.

Este mismo mes la editorial La Emboscadura, que dirige su hijo Jorge y que ha nacido con el noble propósito de difundir globalmente el pensamiento del filósofo, ha recuperado el título: inasequible tanto por ejemplares como por desembolso. Escohotado, que anteriormente había publicado un libro sobre Marcuse (Marcuse: utopía y razón), otro sobre la filosofía hegeliana (La conciencia infeliz. Ensayo sobre la filosofía de la religión de Hegel) y otro sobre la evolución del pensamiento griego (De physis a polis. La evolución del pensamiento griego desde Tales a Sócrates), nos pone con Rameras y esposas en el sendero que transitan las verdades constantes y generales que se pueden extraer de una particularidad tan absoluta como la del evento mítico. La aparente contradicción se repliega cuando, cariacontecidos, comprendemos que los mitos, dada su naturaleza religiosa y sobrenatural, apuntalan el edificio del valor inmutable.

El filósofo hace un recorrido a través de diferentes mitos mesopotámicos, griegos y cristianos), extrayendo de ellos pautas generales de asunción de roles dentro de la familia. Desde la figura del padre, rey de reyes, que representa Zeus hasta San José, que suministra sustento y nutrición a la familia y, por tanto, es padre putativo. Asimismo, la figura de la madre es profundamente estudiada. En este sentido, se identifica en Hera el papel de madre que castiga las aventuras de Zeus sin deshonra, pero con elegancia. En episodios posteriores del mito, Deyanira aceptará desconsolada las infidelidades de Hércules con otras mujeres, pues entendía que Hércules fuera codiciado por otras como consecuencia de sus cualidades.

 

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Zeus, transfigurado en cisne, conquista a Hera.

Sin embargo, de estos relatos no hay que extraer la condescendencia de la mujer respecto a los devaneos sexuales del hombre. Para que no quede pátina de duda Escohotado dirige su mirada hacia Babilonia, en el siglo V a.C., donde las mujeres debían ser desfloradas en el templo de la diosa Ishtar antes de comprometerse en matrimonio; y no por su futuro marido, sino por el primero que pusiese una moneda de plata en su regazo. Esta costumbre arcaica consagra una primordial unidad femenina; y concluye el filósofo: «esa ordalía la hace adulta, igual a las demás, porque ahora ha conocido en la acepción más densa del término –como solo conoce el acceso carnal». La mujer corriente se eleva hasta ramera sagrada, hieródula.

Esta secuencia que se dirige irremediablemente hacia el paraíso de la libertad y, por tanto, de la igualdad se detiene ante el mito cristiano. El ejemplo de la Virgen María es el de la mujer que considera la virginidad intacta «parte esencial del patrimonio que aporta como casadera» Unas líneas más adelante, Escohotado se reafirma con total contundencia: «la tradición que se abre camino con María entiende pureza como limpieza, y limpieza como conservación del himen; de ahí que en griego María no sea pura sino impoluta». ¡Con la Iglesia hemos topado! La interpretación cristiana unida al matrimonio monogámico, decretado por primera vez en la historia por el rey ateniense Cecrops, interrumpen la evolución de los acontecimientos y convierten la institución familiar en otra cosa. Antonio Escohotado en el blog de La Emboscadura lo explica de la siguiente manera: «al triunfar el cristianismo desaparecen las hieródulas. La mitología empieza a ser ocupada por personas decentes, que, sin enardecerse en batallas carnales, trabajan de buena gana catorce horas diarias. A partir de ahora las rameras son solamente dulas o siervas, rameras profanas, no protegidas sino estigmatizadas por la ley». Nos hallamos en el tránsito de lo divino a lo humano. Con todas sus consecuencias.

Si en un principio fue el hombre quien se benefició de la institución familiar pues en ella combinaba posesividad y promiscuidad, más tarde el matrimonio se revela como forma de dominación velada de una madre divina, que usa como mano de obra a un progenitor aparente. La esencia de San José es el altruismo, opción con la que mantiene cubiertas las necesidades de laborosa obtención reclamadas por su hijo. El matrimonio se convierte, pues, en una institución económica. Bajo esta forma de matrimonio el hijo aparece como razón de ser de los progenitores y no como parte de su progenie. Son en los Evangelios Apócrifos, que proliferaron en la Iglesia a partir del siglo II, donde con mayor exactitud se puede ver el intercambio de papeles padre-hijo que se menciona más arriba. San José se verá obligado a amansar la furia de los vecinos de Nazaret, que han visto como el niño Jesús ha consumado dos amenazas de muerte y ha sumido en la ceguera a un airado grupo que protestaba contra él. Se hace explícita la nueva relación de poderes dentro de la familia, en la que el padre ha de responsabilizarse de las faltas del niño mimado; y se consuma cuando San José en su lecho de muerte, al ver entrar a su hijo, insiste: « ¡salve mil veces, querido hijo! ¡Al oír tu voz mi alma recobra su tranquilidad! ¡Mi señor, mi verdadero rey!» El hijo ha asaltado, definitivamente, el reino del padre.  Asimismo, la madre, ya liberada e inconsciente de su propia condición, eleva el grito feminista al reconocerse más allá de su contingencia: diría Escotado, «pide ser considerado un cuerpo sin sexo». En estos términos hemos de entender el siguiente titular, muy recurrente en pronunciamientos del filósofo: «La Virgen es un símbolo de rebelión femenina». De ahí que se quiera sostener al mismo tiempo el alumbramiento del niño Jesús y el dogma de la Inmaculada Concepción. Si han saltado por los aires los límites de lo posible, cualquier fantasmagoría puede acontecer

En los dos últimos capítulos se diserta sobre la propaganda de lo unisex que traen consigo los tiempos posmodernos de disolución de sexos, a pesar de que, observándolo con lupa, tales tiempos manifiesten con mayor convencimiento la multiplicación del factor género. Asimismo, se reflexiona sobre la prostitución y sus consecuencias al asimilar el mito cristiano y no cualquier otro. Todo ello con la implacable y lúcida prosa del autor, que acerca la investigación más refinada a un público ávido por conocer.

El libro se adorna con una elegante edición que disemina representaciones clásicas por doquier con ilustraciones de gran calidad. Si al lector le interesa bucear en las profundidades del pensamiento del autor sin caer en sus temas más conocidos – drogas y comunismo – este libro es de obligada lectura.

 

Este texto ha sido publicado en la web La Emboscadura con el título “La cuestión de género en cuatro mitos

La marihuana y el sueño

Hace tiempo que anoto diariamente lo que sueño, con el propósito de psicoanalizarme y, de paso, recoger ideas para un proyecto que comparto con mi amigo S. Como cualquier inquietud, ésta ha despertado muchas más. ¿Cómo funcionan los sueños? ¿De qué manera podemos manipular voluntariamente el curso del sueño? Para más inri, llevo tiempo buscando una respuesta satisfactoria a la interrupción del sueño causada por el consumo de marihuana. Buscando referencias, he recordado que en Aprendiendo de las drogas, libro del filósofo Antonio Escohotado, se bosqueja una respuesta. Textualmente, escribe Escohotado que “tras varias horas de fumar, lo normal es sentir sueño y dormir profundamente, rara vez con sueños. A mi juicio, esta falta de actividad onírica (no constante) proviene de que el cáñamo ha desarrollado ya antes al menos parte del potencial imaginativo”.

Buen punto de partida: el conjunto de imágenes e ideas destellantes que nos vienen a la cabeza cada vez que fumamos marihuana consumen parte del potencial creativo reservado al sueño. Cuando leí el libro, consideré que a esta respuesta le faltaba consistencia científica y, por tanto, mantuve la duda. [Aprendiendo de las drogas se editó en 1995 con la intención de acercar al gran público las principales conclusiones de la monumental Historia de las drogas. Desde ese tiempo a esta parte, los avances en neurociencia han sido tan significativos que han obligado a reinterpretar muchas de las teorías más sólidas de las Ciencias Sociales; y, cómo no, de la Farmacología]

Hoy, navegando la red, he encontrado unas declaraciones de Hans Hamburguer, neurólogo de la Holland Sleep Research. El científico apunta que el consumo de marihuana reduce el tiempo de descanso en fase REM y, consiguientemente, aumenta la duración de las fases No-REM. Debido a que los sueños se gestan en fase REM, su estrechamiento conduce a la suspensión del sueño. Y, a mayor abundamiento, es lugar común entre los fumadores habituales de marihuana, haber vuelto a la actividad onírica con mayor fuerza e intensidad tras haber dejado de fumar petas. Los sueños que se habían perdido se acumulan con los nuevos, produciendo un torbellino de imágenes agobiantes y extrañísimas. Esta situación es consecuencia del “efecto rebote REM”, del que Hans Hamburguer dice que “si has estado consumiendo una droga que suprime cierto fenómeno durante un tiempo, entonces, cuando dejas de consumirla el fenómeno regresa con mucha más fuerza”. Es una especie de sueño acelerado “que intenta ponerte al corriente de todo lo que te perdiste mientras fumabas marihuana”.

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La marihuana al igual que produce “estados de alteración de la consciencia” produce “estados de alteración del sueño”; y, ante la defensa de un consumo responsable, tales indicaciones son de indiscutible conocimiento si se quiere obtener – como diría W. Benjamin – una “vivencia de inspiración”. Recordando un encuentro con Antonio Escohotado, reproduzco sus inteligentes palabras: “las drogas sin elegancia son una grosería”.

Los dramas

Ayer volví a ver El desencanto: la película de Jaime Chávarri sobre los dimes y diretes de la familia Panero-Blanc. A la muerte de Leopoldo Panero, poeta del régimen, le siguen las preguntas – de su mujer e hijos – que su presencia durante tanto tiempo calló. Los hermanos Panero – de mayor a menor: Juan Luis, Leopoldo Maria y Michi – inventan un juego de luces y sombras donde aparece la familia como institución casi penitenciaria.

Felicidad Blanc, la mujer del poeta, se lee la vida y recuerda su enamoramiento sin reconocer el drama que contiene. “Y me dijo que, más que como una joven, él ya me veía como una persona mayor”, llega a comentar en una ocasión. Por su parte, los hijos, todos tocados por una locura lucidísima, disputan la figura del padre; lucha simbólica que acaba ganando el que menos interés tenía en ella: Leopoldo Maria, quien a su vez destrona a Juan Luis en la carrera de las Letras.

Me viene a la cabeza una frase de Bukowski, que ahora ni fu ni fa pero que antes leía sin descanso, del documental Born into this: “para triunfar en la vida hay que tener una infancia trágica”. Rimbaud, por ejemplo, vivió despreciado por su genio desbordante; Wilde vivió una infancia de padre desaparecido y de madre mórbida. Sin embargo, muchos otros han crecido en el seno de una familia cálida y con posibles. André Gide vivió de rentista toda su vida y nos ha legado una obra inmensa y a la contra.

Y, en este mismo momento, me doy cuenta de que por más que he intentado partir en dos mi corazón, siempre he vuelto a la hoguera, ya sea en brasas o titilante, de alguien que me quiere.

La leche con miel

Los remedios caseros contra el frío están íntimamente imbricados en la cultura popular. La leche con miel es el remedio occidental; traído de Gran Bretaña, donde cualquier indisposición se cura a base de té breakfast con leche y miel. Cuando unos amigos londinenses de mis padres me ofrecieron probarlo, acepté, y, desde entonces, lo prefiero al café. En los bares me miran raro, pero me da igual. “¿Quiere el señor un té negro o rojo? ¿Una manzanilla? No, un té breakfast con una nube de leche. Ah, sí, y tráigame la miel, por favor”. ¡Qué cursi me pongo a veces!

Calentar agua en una olla y acercar la nariz para respirar el vapor nunca me ha convencido, más si la eficacia del remedio depende de taparse la cabeza con un trapo. No me imagino a las hermanas Bronté curándose así un resfriado: tomarían una cucharada de jengibre o un zumo de naranja natural. Y trayendo remedios caseros me acuerdo del de mi abuela: té de ajo con canela. Supongo que la cultura del remedio puede ser, según su origen, sofisticada o provinciana, cañí o mestiza.

Durante mis días en Argentina sufrí una jaqueca horrible. En Maipú, provincia de Buenos Aires, una mujer me recomendó vinagre de manzana y que aplicase hielo sobre la zona dolorida. En el Perú curan el mal de altura con infusiones de hojas de coca. De nuevo, el paliativo es eminentemente cultural, a pesar de que las mascarillas de oxígeno tampoco sean mala opción.

Sin embargo, a mí, mediterráneo de nacimiento y convicción, se me quitan todos los males poniéndome al sol. Recuerdo, durante los años de universidad, bajar abrigado al banco e inundarme de sus rayos.